Mostrando entradas con la etiqueta #Guadarrama. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta #Guadarrama. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de julio de 2016

El antiguo hospital Hispanoamericano de la Sierra (Guadarrama)

Enseguida que leí este nombre en las memorias de mi abuelo comencé a buscar el sitio exacto donde estaba ubicado. No me resultó fácil porque hay muchas referencias a hospitales abandonados de la sierra, y muchos confunden unos con otros o desconocen su historia. 

Imágenes del 2015 y 2006 del Google Earth
Yo sabía que el 23 de julio de 1936 mi abuelo subió en una camioneta a la sierra, y al llegar justo a la altura de este hospital, las balas silbaban de tal manera sobre el vehículo que el conductor dio media vuelta dejando a mi abuelo en tierra, en el medio de aquella llanura, a expensas de los tiradores de las posiciones nacionales. Lo dejó con lo puesto, un mono y una cartera con tres o cuatro pesetas. Y se llevó en su coche cuatro pertenencias con las que viajaba. 

Mi abuelo preguntó y enseguida le indicaron que en la entrada de Guadarrama, a la izquierda, había un sanatorio de tuberculosos denominado hispanoamericano. Como cualquier hospital en aquellos días estaba lleno de heridos del frente, así que entró y se dirigió al comandante para ver si podía ayudar y de paso, resguardarse, ya que era cabo de sanidad militar. 

Desde el principio supe de qué edificio se trataba, pues son muchas las fotos y referencias que se pueden encontrar en google de cuando estaba abandonado. Contacté con el centro, que actualmente es un psicogeriátrico, pero fueron bastante parcos en sus explicaciones, no me permitian la visita ni aún pidiendo autorización previa y, eso sí, me remitieron amablemente algunas fotografías de los exteriores. 

Anuncio publicado en La Nación
Comparándolas con algunas que aparecen en la hemeroteca queda claro que, incluso con la rehabilitación, conserva el corte de las ventanas y algunas de las terrazas. Precisamente en una de ellas cayó herido mi abuelo desde la azotea, cuando intentaba poner una bandera blanca, tras un bombardeo, el 24 de julio de 1936.

Historia del Sanatorio Hispanoamericano
Este centro médico abrió en septiembre del año 1931, como se puede leer en el ABC y otros periódicos de la época donde se publicó la noticia y también anuncios del hospital. Su director médico era el doctor Romero Alonso, ex residente de Davos, Suiza. Y el cirujano el doctor Mariano Gómez-Ulla. 

También se especifica que el edificio era de nueva construcción y estaba situado a 1.050 metros de altura, y a un kilómetro por carretera del pueblo de Guadarrama, junto a un bosque de pinos. Unos 76 enfermos era la capacidad del centro, que costaba de 18 a 40 pesetas, incluyendo pensión y asistencia médica. 


Si quieres consultar los puntos de venta o préstamo de la novela que ha inspirado este blog pincha aquí.


miércoles, 22 de junio de 2016

La lucha de trincheras en Guadarrama durante la Guerra Civil

Buscando datos sobre el batallón de Pontevedra que refiere mi abuelo en sus memorias, y que ocupaba el Alto del León en los inicios de la guerra civil española, he encontrado otro tesoro histórico. Esta vez ha sido en las páginas de La Voz, en su crónica del frente de Guadarrama el 27 de julio de 1936. 

Restos de trincheras / M.L.
El relato, con ese aire de gesta tan de periodismo de principios de siglo, narra la deserción de un soldado del Ligero de Artillería de Valladolid que se pasó al bando republicano. Lo firma un tal "José Luis Moreno", enviado especial al Alto del León. Desconozco cómo habría logrado el periodista coronar esta cumbre, teniendo en cuenta que era un polvorín que estuvo en esos últimos días de julio en manos de los republicanos y de los nacionales, pero con más predominancia de estos segundos. 

El redactor cuenta que subió a la Sierra sin más obstáculo que los puestos donde estaban destacados algunos milicianos que les pedían la consigna. Precisamente ese día 26 de julio fue cuando mi abuelo consiguió subir desde el antiguo Sanatorio de Tablada hasta la Casilla de la Muerte, en una camioneta con un conductor y otro militar de Sanidad, pero ambos acabaron tiroteados en la cuneta, el vehículo volcado y mi abuelo salvó la vida milagrosamente al rodar ladera abajo.

El periódico cuenta que esa tarde una columna mandada por un comandante "estableció contacto en plena sierra con los rebeldes. Aseguran que, peleando a unos veinte metros de distancia de los traidores, les intimaron en nombre del gobierno de la República a que se rindieran (...) la respuesta fue una franca huída".
El relato recoge a un ejército nacional desanimado y cuya aviación tiraba octavillas desde una avioneta negra indicando que la columna de Mola avanzaba y su llegada era inminente.

Aspecto actual del Alto del León
El periodista entrevista a un soldado de nombre Ricardo Gómez Esteban que afirma ser de la columna facciosa y que vino desde Valladolid. Este hombre afirma algo que me llamó bastante la atención, pues indica que el 23-24 de julio tropas de Salamanca y Plasencia partieron hacia Guadarrama. El sábado 25 de julio llegaron al Alto del León y comenzó el bombardeo. En esos días mi abuelo narra que los disparos eran constantes, de hecho, él fue condecorado por subir a la azotea del hospital Hispanoamericano y poner una bandera blanca con una cruz atada al pararrayos, acto en el que resultó herido pero le valió un ascenso. 

En esos días la crónica narra que sigue el avance de los republicanos dirigidos por el general Riquelme, con apoyo de la aviación, logrando avanzar y que los nacionales abandonen varias de sus posiciones. Se citan en concreto los combates desde el entorno de Collado Mediano. Después la crónica se desplaza hacia Somosierra haciendo referencia a la visita al frente de Dolores Ibarruri y Largo Caballero, además de otros diputados socialistas que se unieron a la lucha en la zona.

Si estás interesado en la novela que inspira este blog consulta aquí los puntos y modalidades de venta o préstamo de La Casilla de Guadarrama

sábado, 28 de mayo de 2016

Entre dos frentes de guerra: el hospital de sangre de Guadarrama

Aquellos episodios vividos en los primeros días de la guerra civil en Guadarrama por mi abuelo me siguen poniendo la piel de gallina. Releyendo sus memorias y lo recogido en "La Casilla de Guadarrama" me pregunto quién diablos disparaba sobre la casilla de la curva de Tablada. Mi abuelo dejó escrito que subir por la nacional VI en los últimos días de julio de 1936 era jugarse la vida. Los disparos y cañonazos venían de todas direcciones. Daba igual en qué bando estuvieras, podías ser alcanzado por fuego de cualquier color y no estaba claro quién iba a llorar por ti.

Imagen del Google Earth con marcas de posición sobre ambos bandos
La casilla de camineros de la curva de Tablada a dónde él, como cabo de sanidad militar, fue destinado era un auténtico polvorín. En pleno frente de batalla, en determinados momentos del inicio de la guerra recibió enfermos de ambos bandos. Investigando sobre mapas de la época y los libros de historia, vemos que en el Alto del León había un puesto de los sublevados, según cuenta mi abuelo nutrido con soldados de un regimiento de Pontevedra. El paso era un punto estratégico y ambos ejércitos lucharon por conquistarlo durante toda la guerra civil española. 

Más abajo, entre Las Pinillas y la Dehesa de los Poyales, estaba la posición republicana de Los Tomillares, cercano a otras trincheras denominadas Líster y Higuera. Pero en la diagonal desde ellas hasta el Alto del León estaban otros puntos nacionales como Loma de Falange, Loma de Requetés y Cabeza Líjar. El resultado es que unos desde lo alto, y otros tirando hacia arriba para acabar con sus contendientes formaban una auténtica ensalada de tiros en el entorno de la Sierra de Guadarrama. 

Mi abuelo relata perfectamente cómo subía hacia Tablada por la nacional, pegado al resguardo de la montaña y arrastrándose por la cuneta de la carretera. Preferiblemente, por la noche, cuando se calmaba el ruido de los disparos hasta la mañana siguiente. En el entorno de la casilla pasaba lo mismo. La puerta principal estaba orientada hacia la posición republicana, y su lado opuesto hacia los nacionales. Pero nada te garantizaba que al asomar la cabeza no recibieras fuego de unos u otros. De hecho, en sus memorias cuenta también cómo los republicanos disparaban hacia lo alto de la montaña a través de los agujeros de un grueso muro junto a la carretera. Estos eran extremeños y formaban parte del regimiento de Castilla. 

Si estás interesado en la novela que inspira este blog consulta aquí los puntos y modalidades de venta o préstamo de La Casilla de Guadarrama

 

lunes, 26 de octubre de 2015

El Sanatorio antituberculoso Lago-Tablada y su historia, en Guadarrama

La sierra de Madrid está llena de antiguos sanatorios, como hubo en tantos otros puntos de España, construidos a principios de siglo para hacer frente a la epidemia de tuberculosis que padeció nuestro país. Precisamente en la antigua nacional VI, tras pasar el pueblo de Guadarrama y bordear el túnel de la autopista, está la estructura vacía del antiguo sanatorio de Tablada.

Recortes de hemeroteca de la época / Doc. de A.G.V.
Siguiendo la pista de este lugar a través de las memorias de mi abuelo, que estuvo en la zona en los primeros días de la guerra civil, descubrí que el hospital antituberculoso al que él hace referencia no es este viejo edificio abandonado sino otro del que no quedan restos.

Como ya avanzamos en el post "El misterioso sanatorio de Tablada", este centro médico dejó su huella en los periódicos de la época. Uno de los más extensos es El Imparcial, que en su edición del 9 de diciembre de 1924 recoge una crónica de su acto inaugural presidido por el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia.

Se trataba de un centro sanitario estatal, en plena "cuesta del León", y muy cerca de la estación de ferrocarril de La Tablada. En el acto de inauguración al que asistieron un largo séquito de personalidades encabezadas a nivel local por el alcalde de Guadarrama, el juez y diversas autoridades de la zona. También diversos miembros destacados de la nobleza vinculados con lo sanitario, como representantes del Real Patronato de Lucha Antituberculosa, creado en 1924 y del que formaban parte las allí presentes como la condesa de Romanones, la duquesa de la Victoria, las condesas de Heredia-Spinola y TorreArias, las marquesas de Aldama, Comillas y Argüelles. Un buen número de doctores con cargos en diversos centros sanitarios de la capital, así como inspectores y políticos designados a labores del sector sanitario asistieron también a la apertura de este centro y son glosados en la crónica periodística casi de forma nominal.

La historia
Los arquitectos, Manuel Cardona y Amós Salvador, tuvieron un lugar destacado en el evento, así como la viuda de Lago, benefactora y principal artífice de este sanatorio que costó en su día  un total de 2.446.689,41 pesetas. La prensa de la época en recortes que hemos conocido gracias a la investigación de Alberto, un guadarrameño interesado en la historia local, pone de manifiesto también que este hospital fue pionero. Así lo recoge el diario La Tierra de Segovia, en diciembre de 1921: "hasta hoy no tenía el Estado Español ni un solo sanatorio para atender a tan urgente necesidad de sanidad pública".

La hemeroteca recoge bien los orígenes de la construcción de este centro. La señora viuda de Lago, Clementina Lanchares, tenía un hijo capitán de artillería que murió a consecuencia de la tuberculosis, en algunos medios hemos leído que dos. De ahí que se decidiera a abonar el terreno y sufragar parte de la construcción del edificio que tenía capacidad para cien enfermos de los cuales 72 serían gratuitos. Como apunte curioso, la señora Lago quiso ceder también una plaza a la Asociación de la Prensa para un profesional que pudiera padecer esta enfermedad.

 Si estás interesado en un ejemplar de la novela que inspira este blog puedes informarte aquí...

jueves, 15 de octubre de 2015

La casilla de la muerte de Guadarrama, en plena Guerra Civil

Julio de 1936. Anochecía. El joven cabo de sanidad militar salió de aquel viejo sanatorio de Tablada y enfiló hacia arriba siguiendo el trazado de la nacional VI. Se oían ráfagas de ametralladora de vez en cuando. Caminaba semiagachado cuando encontró a unos soldados del regimiento de Castilla que en realidad eran extremeños, y disparaban tumbados, asomando el fusil por entre las piedras del muro sin saber muy bien a dónde apuntaban. 

Se oían los aviones volando bajo. Al llegar a la curva, vio la caseta de camineros al otro lado de la carretera y la cruzó de cuatro zancadas. Saltó sobre los sacos que protegían la puerta y se tiró dentro. Enseguida comprobó que eran sacos de pan duro. 

La escena dentro de la casilla era difícil de asimilar. Era grande, como un garaje, y diáfana. Con grandes vigas en el techo y unos diez metros de frente por treinta de fondo. Había un hombre con una bata blanca curando a un herido. Junto a él, una miliciana con un mono preguntaba al pobre soldado sus datos y los anotaba en una libreta. Los heridos gritaban. Uno pedía que le llevaran a morir a Madrid, otro que a Segovia, otros gritaban que no podían soportar el dolor.

Mi abuelo preguntó quién estaba al mando, y al ver que era cabo sanitario le dijeron que se ocupara él porque ninguno de los que curaban o ayudaban tenía ningún conocimiento en la materia. Tumbaron a otro herido sobre una mesa, que realmente era una puerta sobre dos cajones, el colchón que hacía de camilla chorreaba sangre. El herido era un alumno joven del Colegio de la Guardia Civil de Valdemoro. Lo había arrastrado monte abajo una chica que iba con él. Nuestro joven protagonista cortó la ropa y vio que una bala le atravesaba el pecho. Se moría y quería dar un recado a la chica, que se llamaba Mari. Pronto hubo que sacarlo de allí para curar a otro. 

Muchos murieron, otros fueron bajados en camiones al anochecer, con las luces apagadas, a hospitales de Madrid o al sanatorio de Tablada, un poco más abajo. Al caer la noche una de las voluntarias trajo algo de comer: chorizos y pan duro con chocolate. Mi abuelo se sentó en la puerta, pero fue incapaz de probar bocado. Cesaban los tiros, como al terminar cada jornada, para volver a escucharse con las primeras luces del Alba. 

Así, más o menos, lo narraba mi abuelo en sus memorias y así lo recoge la novela "La Casilla de Guadarrama". Esta caseta de camineros sigue en pie, en la curva de Tablada, poco antes del Alto del León.

Si quieres un ejemplar de La Casilla de Guadarrama puedes consultar aquí sus puntos y modalidades de venta. 

lunes, 5 de octubre de 2015

Los nacionales llegando a Guadarrama

Agosto de 1936, Guadarrama. Se confirma lo que he leído en las memorias de mi abuelo y que forman parte de la novela "La Casilla de Guadarrama". La sierra es un auténtico polvorín con continuos avances y retrocesos del bando sublevado y del ejército republicano. Un fragmento del diario de un soldado gallego recogida en el diario El Progreso recoge una interesante crónica sobre el terreno. En julio y desde el inicio de la guerra el alto del León estaba tomado por el ejército nacional. Los republicanos dominaban varias posiciones montaña abajo pero las fronteras eran difusas y variaban día a día. 

El joven soldado gallego, al parecer de un batallón de Ourense, afirma que lleva dieciocho días a poca distancia del pueblo de Guadarrama. En sus propias palabras "casi se cogía con la mano", visto desde arriba, imagino yo. Escondidos de la aviación y contando las bombas... "ya van 478, mi capitán". Al anochecer bajan hacia Tablada, llegando hasta su sanatorio con algunas bajas.

La casilla "Hospital de sangre"
En este punto aparece la casilla de peones camineros, la casilla de nuestra historia. Una confirmación más aporta esta página del periódico a lo escrito por mi abuelo. "La sección del alférez Gacio, se queda para relevar la fuerza que guarnece la casilla de peones camineros, el punto más avanzado de este sector; despedidas rápidas, votos de suerte; sigue el resto de la compañía; por fin llegamos a Tablada, relevamos los puestos que nos corresponden y descansamos un poco. (...) Hace un mes que no echábamos nuestros cuerpos sobre un mal gergón. Aquí hay abundantes colchones y mantas del sanatorio, destruido por el bombardeo de los rojos". 

El extracto confirma una vez más que aquel "hospital de sangre" del que mi abuelo pudo huir a principios de agosto estaba por delante de la batería republicana. Por eso contaba que entraban y salían arrastrándose por la cuneta, temiendo que uno u otro bando les hiciera blanco. Y por eso también curaban heridos de ambos bandos, según el día y el transcurso de aquella guerra en la que nadie sabía a ciencia cierta quién era quién.

El hospital
Después habla del sanatorio. Como ya hemos tratado en este blog, el sanatorio actual que se encuentra en estado de ruinas en la subida de Tablada no se llegó a inaugurar. Por tanto, si el soldado habla de mantas y colchones pensamos que se refiere al antiguo sanatorio Lago-Tablada, evacuado precisamente el 4 de agosto del 36. 

¿Te gustaría leer la novela que inspira este blog, basada en hechos reales y ambientada en Guadarrama? Pincha aquí.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La tuberculosis y los sanatorios de principios de siglo

Un tema espeluznante para quienes hayan tenido la suerte de escuchar testimonios de familiares o personas de principios del siglo XX es sin duda el de la tuberculosis. Una enfermedad hoy superada y cómo podía truncar vidas con tanta facilidad en el año 1900. Mi abuelo relata en sus memorias cómo uno, dos y hasta tres hermanos fallecieron a causa de esta enfermedad, además de otros vecinos y amigos. La mayoría la contraían por cariño o solidaridad, por hacerse cargo de quienes padecían este mal y no tomar medidas para evitar el contagio, o no saber hacerlo. 

Sanatorio abandonado en Cesuras (A Coruña)
Se calcula que España tenía doscientos muertos por cada cien mil habitantes a causa de la tuberculosis, por eso en 1903 se creó la Asociación Antituberculosa Española (AAE) que además propició la aparición de comités bajo el mandato de Alfonso XIII, en el que se
construyó el primer hospital de enfermedades infecto-contagiosas, el hospital del Rey, en Madrid.

Las zonas montañosas de toda España albergaban unas condiciones óptimas para la curación de estos enfermos. Tranquilidad, aire puro, temperaturas suaves y buenos cuidados. Eso vendían los sanatorios de los años 20 y 30 en una especie de auge que como todo apagó la guerra civil. Guadarrama albergó muchos de ellos, para dar servicio a la enorme población de Madrid que ya por entonces superaba los 800.000 habitantes. Pero estos sanatorios también tienen su leyenda negra, cuando los enfermos desahuciados sufrían el abandono y la dureza de la enfermedad en su propia piel. 

Si quieres comprar la novela "La Casilla de Guadarrama", que inspira este blog puedes consultar aquí los puntos y modalidades de venta.
 

domingo, 30 de agosto de 2015

Pasando de largo por la vida


Desde que encontré aquellas viejas memorias en el fondo de un baúl no he parado de pensar en Luisa. Una mujer de principios de siglo, que pasó de la niñez a la madurez de un salto como hacían nuestras abuelas. Vivió el horror de la guerra en su entorno y también en su corazón, pues vio enfermar a su novio de tuberculosis, y aún así no se apartó de su lado. 

Hoy he soñado con Luisa. Alguna voz dentro de mí me desvelaba su año de fallecimiento. ¿Será verdad o locura? Después de buscar su rastro en las cajas de fotografías familiares, de tratar de hallarla con solo un nombre propio y una escasísima referencia en los papeles que dejó mi abuelo. De buscarla por todos los puestos del Mercado de Antón Martín, donde su padre tuvo un negocio. De perseguir su fantasma por el viejo barrio de las letras. De buscar sus ojos en algún descendiente por la Plaza de Jesús, la iglesia de Medinaceli o la calle Atocha.

Estoy convencida de que ella ya no estará, pero quizá algún día sus hijos o nietos lean esta novela y la reconozcan en sus páginas. Quizá decidan escribirme y contarme algún recuerdo. Quizá ella dejará también entre sus cosas alguna fotografía o alguna vieja carta. O quizá quede solo siempre en el recuerdo de quienes alguna vez supimos de su existencia, como tantas vidas, como tanta gente. Pasando de largo por la vida y borrando su propio rastro.

jueves, 27 de agosto de 2015

Una historia "real" de la Guerra en el Blog "Guerra en Madrid"

El verano nos ha traído grandes honores como muchos e importantes lectores y algunas menciones. Ésta nos hace especial ilusión, y es que el Blog Guerra en Madrid, incluye una reseña de "La Casilla de Guadarrama" dentro de las lecturas sobre la Guerra Civil Española.


El Blog recomienda diez libros sobre la guerra civil publicados en 2015, como son "La Batalla de las Ondas" (Daniel Arasa), "Voces en la trinchera" (James Matthews), "Los caprichos de la Suerte" (novela inédita de Pio Baroja), "El final de la Guerra" (Paul Preston), "Enfermeras de la Guerra" (Anna Ramió y Carme Torres), "El final de la Guerra Civil" (Fernando Rodríguez Miaja), "La persecución del Santo Cáliz en la Guerra Civil" (Francisco Ballester-Olmos), "La Guerra Civil como moda literaria" (David Becerra Mayor), "El General Invierno y la Batalla de Teruel" (Vicente Aupí). En segundo lugar de este repertorio se cita "La Casilla de Guadarrama".

Quizá las historias de la guerra aún siguen vivas en el recuerdo de tantas familias y de tantos escritores. La generación que vivió la guerra se nos apaga, pero nos quedan los libros.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Booktrailer de la novela "La Casilla de Guadarrama"

¿Os gustan las historias de intriga? A nosotros nos apasionan, por eso nos encanta esta novela, basada en hechos reales y ambientada en Guadarrama, Madrid, Ribadeo, Venecia, Oporto, Dublín y Zug.

La protagonista descubre unas viejas memorias escritas por su abuelo en los primeros días de la guerra civil española e inicia una investigación que le llevará a descubrir, capítulo tras capítulo, más de una veintena de cosas que no conocía y que son determinantes en su historia familiar.

Aquí tienes el booktrailer de la novela, sus claves en 30 segundos.


¿Quieres comprar la novela o informarte sobre ella? Pincha aquí.

jueves, 2 de julio de 2015

La Sierra de Guadarrama en los primeros días de la guerra civil española


¿Quieres un ejemplar de "La Casilla de Guadarrama"? Cómpralo aquí

A veces la vida o la muerte es cuestión de segundos y de puro azar, según dónde te encuentres y las circunstancias a las que te enfrentes. Así eran los tiempos de la guerra civil española. A raíz de las investigaciones para la novela "La Casilla de Guadarrama", comprobé por los papeles que dejó mi abuelo sobre los primeros días de la guerra en la sierra que era una zona verdaderamente peligrosa.

Según su relato, camiones y autobuses de milicianos subían cada mañana cantando himnos para posicionarse en los diferentes frentes y defender este estratégico punto de entrada a la capital. Los nacionales o sublevados habían tomado posiciones en el Alto del León y alrededores, con tropas venidas de diferentes puntos de Castilla o Galicia. La nacional VI tenía puntos negros bastante definidos en la salida del pueblo de Guadarrama, en la recta, y en el inicio del ascenso hacia Tablada. Precisamente en este último ametrallaron la camioneta en la que subía mi abuelo con otros dos compañeros que resultaron muertos. Él se salvó milagrosamente al volcar el vehículo y caer rondado hasta el arcén. Cuando se asomó, sus compañeros yacían muertos. 

Leyendo la hemeroteca de la época, me llamó la atención una entrevista del "Camarada Juan Sande", publicada en el diario "El Sol" del 23 de noviembre de 1937, el diario del Partido Comunista. Según cuenta este oficial de marina, el 20 de julio del 36 fue al frente de Guadarrama como enlace del gobierno. La entrevista recoge cómo en este tramo de carretera "estallaban los obuses y llovían las balas con auténtica furia fascista". El militar sigue narrando cómo entonces "una ráfaga de plomo alcanzó el auto en el que viajaba el coronel Puig", el coche volcó y permaneció tres horas tumbado frente al sanatorio Hispano Americano. En esta misma entrevista Sande relata cómo los republicanos tenían un "hospital de sangre" en la vieja caseta de camineros de la curva de Tablada. Precisamente, en la casilla de Guadarrama, que da título a la novela.

martes, 30 de junio de 2015

Publicada una novela sobre las memorias inéditas de un cabo sanitario en la guerra civil española

¿Quieres un ejemplar de "La Casilla de Guadarrama"? Cómpralo aquí

Enlace a la fuente original: Anisalud

Martes, 30 de Junio de 2015
Bm Contenidos
La acción arranca en Ribadeo y se desarrolla por la sierra de Guadarrama, Oporto, Venecia, Dublín y Zug
Una historia familiar a partir de unas viejas memorias escritas a máquina es un buen punto de partida para una novela en la que los misterios, los hallazgos y la intriga son el ingrediente principal. Así nace La Casilla de Guadarrama, de la fascinación por acontecimientos históricos vividos en el contexto de la guerra civil española.




Cuando tenía solo quince años, la autora escuchó narrar la guerra civil a su abuelo, que la había vivido en primera persona, en el frente, en los alrededores de Madrid. Después, la familia fue depositaria de unas memorias que César Díaz Echevarría tuvo la visión de dejar por escrito con todo detalle. No solo su historia sino la de su hermano Manolo, en los años anteriores al estallido de la contienda. Dos jóvenes de Ribadeo que se habían ido a la capital a buscarse un porvenir, y los posteriores sucesos con que culminan sus vidas. La novela toma estos acontecimientos como punto de partida, y los transcribe con asombro, “porque la guerra civil todos la hemos estudiado, pero lo que se puede leer en esas memorias no está escrito en ningún libro”, comenta la autora.
La casilla
Tras leer las memorias, la autora comenzó una investigación que le llevó a dar con el lugar concreto donde transcurren aquellos terribles sucesos. En la curva de Tablada, antes de llegar al Alto del León, había una caseta de camineros donde se montó, en los primeros días de la guerra civil, un puesto de socorro. Hay varias referencias a ella en la prensa de la época, porque era una curva muy pronunciada y con muchos accidentes, y también en una entrevista del diario El Sol, año 37, donde se cita la casilla como “Hospital de sangre” en el frente.
“Tras recorrer una y otra vez la zona con el Street View, descubrí con asombro una caseta que respondía perfectamente a la descripción. ¿Es posible que lleve en pie cien años?”, se pregunta la autora. “Estuve allí, pude tocarla y ver lo que parecían agujeros de bala, entendí el fuego cruzado en el que estaba aquel puesto, a tiro de ambos bandos, exactamente como lo contaba mi abuelo”, así describe Carmen Delia Díaz, la autora, su encuentro con aquel monumento histórico que yace abandonado en el arcén de la carretera nacional VI.
La novela está a la venta desde el 5 de junio en librerías, en Amazon y en el blog, donde además se pueden leer contenidos adicionales e intercambiar impresiones. También se ha creado una página en Facebook para pedir un centro de interpretación de la guerra civil en aquella vieja caseta y un perfil en tuiter que va publicando novedades sobre la investigación, aún por concluir, y la historia.
Blog: http://casillaguadarrama.blogspot.com.es
Facebook/CasillaGuadarrama
Tuiter: @casiguadarrama

domingo, 28 de junio de 2015

Los accidentes de tráfico en la "casilla de la muerte"

¿Quieres un ejemplar de "La Casilla de Guadarrama"? Cómpralo aquí

Después de leer los trágicos acontecimientos sucedidos durante la guerra civil en la casilla de camineros de la curva de Tablada creía que la denominación de "la casilla de la muerte" se debía a éstos. Tanto a los muertos y heridos que pasaron por ella cuando era puesto de socorro, ubicada entre dos frentes: los tomillares (republicano) y el Alto del León (nacional) como al asesinato allí de diversas personas a lo largo de la guerra. 

También las crónicas sobre el fusilamiento en este punto kilométrico del presidente del Fútbol Club Barcelona Josep Sunyol, el 6 de agosto de 1936, hacen referencia a la "casilla de la muerte" y justifican el nombre en las personas allí fallecidas en los días anteriores. 

Pero lo cierto es que en la prensa de los años 20 y 30 ya se denomina a esta casilla "de la muerte", y no es por la guerra que aún no había tenido lugar, sino por la pronunciada curva en la que se encuentra. Al parecer eran constantes los accidentes contra esta edificación, al quedarse sin frenos o fallar estos a las camionetas o autobuses, los propios conductores comenzaron a llamarle así.  Por ejemplo, el Heraldo de Madrid del 25 de julio del 27, relata cómo doce personas a bordo de una camioneta se estrellan en este punto y cinco de ellas fallecen en el acto, resultando heridas de gravedad el resto de los ocupantes.

El peor día de la guerra civil española

Así lo califica mi abuelo en las memorias que dejó escritas y así se recoge en las páginas de La Casilla de Guadarrama. El día 30 de julio nuestro narrador en segunda persona estaba destacado en la caseta de camineros de la curva de Tablada, las memorias relatan una jornada calificada como “el peor día de la guerra”, desde el punto de vista de alguien que estuvo los tres años de la guerra en diversos frentes de combate. Díaz Echevarría comenta cómo en los días anteriores habían pasado por allí unos 400 heridos y muertos. Más de cien en una sola jornada bajo un intenso tiroteo desde arriba, desde el bando fascista, mientras desde el muro de la carretera, un poco más abajo, respondía el bando contrario. En ese momento los heridos atendidos en el puesto ya eran de ambos bandos, entre un ambiente de confusión total.

César Díaz tenía 21 años cuando estalló la guerra, asaltaron el cuartel de los Docks donde estaba destinado. Tras enterarse de que las tropas habían sido licenciadas, en los primeros días de la guerra civil (17-18 de julio), comienza un periplo por toda la sierra madrileña en donde es destinado primero, en el antiguo sanatorio Hispanoamericano, después pasa por el Sanatorio de Tablada y posteriormente permanece varias semanas en la denominada “Casilla de la muerte” en un improvisado puesto de socorro. 

Este militar fue ascendido a Sargento según se recoge en el D.O. del Ministerio de la Guerra del 22 de octubre del 36, por su participación en la colocación de una bandera blanca con una cruz roja en la azotea del sanatorio conocido como Hispano-americano el 24 de julio del 36, durante un intenso bombardeo aéreo, y en el que resultó herido leve.

Las referencias a lugares y personas sobre el terreno son constantes, pero lo más estremecedor del relato son la larga serie de heridos y fallecidos que por allí pasan. Por aquella vieja caseta llena de desconchones en un arcén de Guadarrama, y donde deberíamos honrar la memoria de nuestros antepasados en lugar de tirar escombro.

Te gustaría leer la novela que inspira este blog? Aquí puedes consultar todos los puntos de venta y préstamo

lunes, 22 de junio de 2015

El Misterioso Sanatorio de Tablada (Guadarrama)

¿Quieres un ejemplar de "La Casilla de Guadarrama"? Cómpralo aquí.

Desde que cayeron en mis manos aquellos folios mecanografiados por mi abuelo me centré en varias localizaciones y les seguí la pista incesantemente a lo largo de la historia. Hasta hace poco creía que el Sanatorio de la Tablada que él describe, en el inicio de la subida al Puerto del León, era el que actualmente permanece en estado de abandono, fantasmagórico y a medio construir. Ése que ha protagonizado escenas de pánico en grupos de visitantes y que tantos blogs recogen con fotos y psicofonías incluidas grabadas en el interior. Pero después de leer un post en El Guadarramista y rastrear los primeros años del siglo XX en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional fui consciente de que el sanatorio era otro, fue el denominado Sanatorio Lago de Tablada. Así lo relata mi abuelo en sus memorias y allí fue donde estuvo aquel fatídico 26 de julio, cuando subiendo en una camioneta con dos compañeros hacia Tablada, los tirotearon y ambos murieron. Mi abuelo se salvó de milagro dejándose caer por un terraplén a la altura de la Fuente de la Teja.

El Sanatorio Lago Tablada estaba en el mismo lugar que el actual Sanatorio, tenía cien plazas y su construcción se autorizó en Consejo de Ministros en el año 1921. Estaba destinado al tratamiento de enfermos de tuberculosis, y era atendido por Hermanas Mercedarias, puesto que tenía zonas también para personas con pocos recursos económicos. Y fue sufragado con fondos del Ministerio de Gobernación, un total de millón y medio de pesetas de la época, y la señora viuda de Lago, que abonó el terreno y parte del edificio.

Se inauguró el 9 de diciembre de 1924, así lo recoge El Imparcial, y el resto de periódicos del momento, que destacan la presencia de los reyes y gran parte de la nobleza del momento en aquella apertura. Su director era Julio Blanco Sánchez (1888-1976). Numerosas publicaciones elogian el edificio, como La Construcción Moderna, el 30 de mayo de 1924, que publica además una ilustración recogiendo al pie el nombre de los arquitectos Salvador y Cárdenas.

El 4 de agosto de 1936 varios periódicos se hacen eco también de la evacuación que se está llevando a cabo de los enfermos debido al recrudecimiento de los bombardeos y batallas en el frente de Guadarrama.  De ahí que mi abuelo, que estuvo allí solo unos días antes, dejara constancia de que parte de los enfermos habían sido llevados a Madrid y quedaban solo allí un reducido grupo. El resto, estaba ocupado por personal sanitario de la Cruz Roja y servía de apoyo a la actividad bélica en aquel frente, que era intensa. 

El nuevo hospital es posterior a la guerra y no se llegó a utilizar porque afortunadamente se descubrió una cura para la tuberculosis. Y así quedó a medio construir, siendo pasto de buscadores de sucesos paranormales. Incluso parece que en este lugar se rodó una película de terror, School Killer, y debe ser por eso que si escudriñas cualquier foto que hagas puedes encontrar algo inquietante, como diría Iker Jiménez.


Entrevista de presentación de la novela "La Casilla de Guadarrama"

La semana pasada tuve el privilegio de estar ante los micrófonos de Radio Voz, en el programa Voces de Galicia, con el periodista Isidoro Valerio. Más que una entrevista fue una charla de café, tranquila y sosegada, donde tuve la oportunidad de ir comentando las partes más emocionantes de la investigación que hizo nacer la novela. Si te apetece escucharla puedes hacerlo en este enlace.

Publicado en el Podcast Voces de Galicia (Con Isidoro Valerio), en Mundo y sociedad
En esta tercera hora abrimos nuestros teléfonos a los oyentes para dar la posibilidad de contrastar la opinión de nuestros colaboradores y ayudarnos a dibujar el estado de opinión ciudadana en torno a la actualidad de cada día.
Pero además, hablamos con la periodista y escritora Carmen Delia Díaz, que acaba de publicar su primera novela, La casilla de Guadarrama, cuyo punto de partida son unos textos escritos por el abuelo de la autora, en torno al cual se construye una historia que arranca en Ribadeo y nos acerca a la cara real de como dos jóvenes de Ribadeo viven el preciso momento en el que estalla la guerra civil española.

domingo, 21 de junio de 2015

Primer Capítulo de la novela de intriga "La Casilla de Guadarrama"

¿Quieres un ejemplar de "La Casilla de Guadarrama"? Cómpralo aquí.

La casilla de Guadarrama

No recuerdo si escuché primero el sonido del teléfono o el trueno que siguió al rayo. Las tormentas en Madrid siempre te pillan por sorpresa. Aunque estés a cubierto. Las malas noticias tienen la capacidad de recorrerte por dentro desde la cabeza hasta los pies, taladrándote el estómago. Pude oír la voz de mi padre, la abuela había fallecido. Con las primeras gotas de la tormenta una sombra negra recorrió de extremo a extremo el comedor de casa, pasando por la pared, los cuadros, la librería y desapareciendo a lo lejos por la ventana. En ese preciso instante, me pareció también oler esa mezcla de colonia Álvarez Gómez y laca de pelo, que me resulta tan familiar y que conservo desde niña. Lo que no sabía en ese momento era lo que iba a suceder en los próximos días.
***
Hacía un día de calor y brisa suave en Alicante. La recién renombrada Explanada de España se mostraba repleta de gente que buscaba la sombra de las palmeras. Aquel joven soldado gallego llamado César no se lo pensó dos veces. Iba junto a su amigo, cuando un obrero con una enorme escalera bloqueó el paso a dos guapas alicantinas, aprovechó la ocasión para entablar una conversación con ellas, y entre chiste y broma las invitó a un helado. Con dieciocho años una mujer de postguerra sabía bastante más de la vida que con unas cuantas décadas de hoy en día. Al margen de estereotipos, dejarse robar el corazón en una mañana de domingo por un auténtico desconocido solo formaba parte del juego al que jugamos los adultos con verdadera veneración. Enamorarse es eso, o no, y muchas otras cosas.
***
Las lágrimas brotan poco a poco cuando la vida viene a imponer su ley más antigua. Coger el bolso, meter un par de cosas en cualquier maleta y echarse a la carretera es parte del ritual de quienes nunca están donde tienen que estar. Madrid es eterno siempre en lo que a tráfico se refiere, pero aquel día me pareció especialmente infernal. Lo mismo que debas hacer tú lo habrán decidido cientos de miles de madrileños, sea lo que sea, y cuando vienes de una ciudad pequeña eso tarda un tiempo en asentarse en tu visión del mundo.
La A6 es como un bálsamo. Cuando logras alcanzar Villacastín comienzas a sentirte fuera de peligro. Después, la sequedad y simetría de las tierras castellanas –hace muchos años que entendí a Azorín– va curando muy lentamente las heridas. Los campos infinitos trabajan la paciencia, y los lejanos pueblos con su campanario y sus cigüeñas te teletransportan a una realidad en la que todo permanece siempre estable. Difícil parece estresarse en Castilla, donde el dolor se seca al aire de la meseta y los árboles parecen trazados con tiralíneas. Pedir un café en un bar castellano es para un gallego un ejercicio de valentía, cuando comprendes que no están enfadados contigo sino que son así, estás ya en un terreno mucho más cómodo.
De niña me impresionó el color rojo de la tierra de León. Poco después me enamoré de los versos de Antonio Colinas y cuando pude ver Pentavonium de cerca comprendí que los castellanos tienen pocos árboles, montañas o ríos que versar y se conforman con la belleza de cuatro cantos rodados. Pero Castilla cura, de eso no tengo ninguna duda. Quizá por eso decidí salir de la autovía en Villafranca, aparcar, y recorrer de una carrera los escasos metros que van desde el parque hasta el primer bar que encontré en el que pude tomar algo caliente. Siguiendo un cartel y una flecha encontré el mejor caldo que he probado en mi vida, en uno de esos lugares donde te pones colorado del contraste térmico entre la temperatura exterior y el calor de una estufa de leña. Apenas terminé el caldo, seguí mi camino.

La carretera a Ribadeo por Meira siempre me ha resultado fascinante. Empieza llana discurriendo entre las casas, como todas las carreteras en Galicia, y se va internando en un cañón de exclusiva naturaleza. Meira parece un pueblo en el que el tiempo se hubiera detenido para siempre, con su plaza y la iglesia, y esos supermercados pequeños pero que sorprendentemente tienen de todo. La lluvia caía intensamente cuando llegué a A Pontenova, y apenas se veían las chimeneas de la antigua fundición. Cuántas veces habré recorrido ese camino, por las antiguas vías férreas, hasta Abres. Un entorno increíblemente bello que ahora estaba gris y plomizo.
***
La mañana era clara y luminosa siempre en los veranos de mi niñez, en la casa familiar de Ribadeo. Sus cinco habitaciones rezumaban actividad cuando todos nos poníamos en marcha cada mañana, a comprar, a pasear, a la playa, o a navegar en el viejo bote de mi abuelo. Precisamente debía arreglarse él para esta faena cuando al otro lado de la puerta, mientras se afeitaba, se le oía cantar con su característica voz “La bella Lola”. Al poco salía, oliendo a esa mezcla de anís y lavanda que preparaba él mismo. Y mientras se tomaba el café seguía cantándole su canción a mi abuela mientras ella movía la cabeza como diciendo “Este hombre…”. Al abuelo le encantaba cantar y a la abuela le entusiasmaba ver aquella vieja casa repleta de nietos.
***
Fue providencial ver la última curva de la carretera, sobre la Villavieja, porque las lágrimas ya no me dejaban conducir. Al fin llegué al pueblo donde en todos los entierros llueve a dolor. Mi padre solía decir que allí “os vellos morren todos no inverno”, mi abuela se reía pero a ella, una apasionada del verano, las flores y la luz –como buena valenciana– también tenía que pasarle así.
-       Menos mal que has llegado, con la que está cayendo.
Apenas pude ponerme a saludar fui recorriendo con la mirada a esos heterogéneos grupos familiares donde uno hace de tripas corazón, otra apaga su dolor entre los fogones o preparando camas, otros desaparecen… Yo siempre he sido de las que me arrimo al calor familiar, que es muy reconfortante.
Enseguida sobrevino la noche y la casa se apagó, para respetar el descanso del entierro la mañana siguiente. Soy bastante noctámbula así que busqué aquel viejo álbum de fotografías de tapas blancas, amarilleadas por el paso del tiempo. Los bisabuelos siempre tienen esa mezcla de cara de susto y ojos bondadosos en las fotos antiguas. Desde luego que debe asustar casarte a los 18 y con lo puesto, y que empiecen a venir niños y que además vivas en un ambiente de preguerra.
***
Era otoño en el camino de O Xardín. Una alfombra de hojas cubría el sendero hasta el pueblo. Manolo y César corrían saltando los charcos con sus zuecas de madera. Las horas del día no llegaban cuando con doce y catorce años tenías que salir a ganarte unas monedas para llevar a casa. César se dirigía a la botica en la que ayudaba y aprendía a preparar ungüentos, repartía las medicaciones que le indicaba el farmacéutico y hacía recados. Manolo a la imprenta donde se tiraba un pequeño periódico local que él debía repartir puerta por puerta. Llegaban tarde de nuevo pero, como por costumbre, se detuvieron ante aquel caserón indiano de contraventanas color azul clarito.
-          Qué haces Manolo, te va a reñir don Evaristo, sabes que no le gusta que el reparto se retrase, le vas a fastidiar la partida de dominó como siempre.
-          Cesarín, ven aquí conmigo.
-          Sí hombre, poco te conozco yo.
-          Ven –le pasó la mano por los hombros– ¿ves esa casa?
-          ¿La de los Queiruga? Claro, la tengo delante…
-          Pues algún día, será mía. Y te invitaré a comer un buen cocido en el comedor del jardín.
César miró a su hermano mayor con una mezcla de orgullo y benevolencia. Tenía la cabeza llena de pájaros. Le metió un buen empujón e iniciaron una carrera separándose al llegar a la altura de la capilla de San Roque.
***
Pasé las páginas de aquel álbum con media sonrisa esbozada. Mi abuela parecía Ava Gardner sobre la proa de la lancha con esa pañoleta de lunares cubriéndole la cabeza. Me sobresalté cuando el reloj de cuco de la pared del salón dio las cuatro. Miré hacia la puerta y volví a ver la sombra. Pasó lentamente desde la pared a mi lado y desapareció escaleras arriba. Contuve la respiración y miré hacia el armario abierto. Me levanté, lo cerré, y volví a tomar el álbum. De pequeña me asustaban los armarios abiertos, así que decidí dejarlo abierto cada noche para acostumbrarme. Pero con los años volví a cerrarlo por cuestiones de orden.
Cuando volví la vista a las viejas fotografías me fijé en una foto del abuelo de pequeño. Estaba con sus hermanos Manolo y Quica, tres años menor que él. Posaban un día de fiesta, pues iban vestidos de “domingo” ante una casona indiana, de esas que abundan tanto en la Mariña Lucense y que personalmente siempre me han fascinado. La casa era de tres plantas y tenía un pequeño mirador arriba, como saliendo del tejado, rematado en pico. Sus paredes eran blancas y tenía unas contras de color azul clarito. Las puertas estaban abiertas y en ese momento salían varios niños de la casa, con un aro y una muñeca. “Vaya contraste”, pensé.
-          ¿Dónde encontraste esa foto?
Escuché a mi lado la voz de mi padre que se había levantado a por un vaso de agua y de nuevo me sobresalté.
-          Qué susto, papá. Estaba aquí en el álbum familiar del abuelo.
-          No recuerdo haberla visto nunca. ¿Seguro que estaba aquí?
-          Sí, claro. ¿Dónde sino? Y además está bien pegada…
-          Alguno de tus hermanos debe haber estado revolviendo por aquí.
-          Es la casa de la entrada del pueblo, ¿no?
-          Sí, la de los Queiruga. Ahora está abandonada pero mira, en la foto, qué bonita estaba.
-          Me encanta el mirador. Y me encantaría verla por dentro.
-          De niño entré varias veces. En mi clase estudiaba un sobrino de ellos que estuvo viviendo aquí, sus padres tenían una casa en la montaña, y habían estado muchos años en América con el resto de la familia. Hicieron fortuna allí.
-          Deben de tener unos desvanes increíbles –no sé si lo pensé o llegué a decirlo en alto…
Siempre me fascinaron las casas antiguas, con grandes trasteros, donde seguramente se podrían encontrar tesoros sorprendentes. Supongo que son las consecuencias de haber crecido devorando libros de Enid Blyton, especialmente la saga de los Cinco, o la colección entera de Los Hollister, de Andrew E. Svenson. En Galicia abundan las casas abandonadas en zonas rurales, supongo que sus herederos tienden a despreciar todo lo que hay allí. Siempre me entra sensación de desasosiego al ver objetos cotidianos que seguramente alguien guardó como un tesoro tirados entre los escombros. Fotos, papeles, pedazos de la historia familiar que acaban en un contenedor de basura porque, simplemente, en los reducidos metros cuadrados con que contamos en los pisos y apartamentos, es imposible conservarlo todo.
La mañana amaneció fría y gris. La humedad de Ribadeo hace que el viento te deje tiesa si no llevas un buen abrigo, así que me puse mi viejo plumífero de los viajes y salí hacia el pueblo. En casa había demasiado barullo. De camino a la calle San Roque me detuve casi sin pensarlo frente a la casona de los Queiruga. Las oxidadas puertas del jardín estaban abiertas de par en par y había huellas de coche sobre la hierba. Sin embargo la casa estaba cerrada a cal y canto, y uno de los laterales completamente lleno de hiedra. En el jardín, el viejo cenador de forja aún estaba en pie. Curioso después de tantos inviernos de temporal y lluvia. “Estos indianos son la leche” pensé “como si aquí en Ribadeo fuera posible cenar a la luz de las velas sin quedarte helado, incluso en el mes de agosto”. Casi estaba retomando el paso cuando me fijé en una ventana del piso superior y me pareció ver a alguien, al momento, la cortina se movió y la figura –si es que llegué a verla– desapareció.
Seguí caminando entre los charcos y observé cómo el pueblo aparecía desierto a esas horas de la mañana. A las primeras personas me las crucé a la altura de las cuatro calles, tampoco demasiadas, y al doblar hacia la iglesia y llegar a la puerta de la cafetería Linares ya se notaba más bullicio. Como de costumbre, el local estaba lleno aunque fuera reinaba el más completo de los silencios. Pedí un cartucho de churros y un envase portátil con chocolate. Pagué y me fui con aquel “tesoro” calentándome las manos. No es que estuviéramos para celebrar nada pero cuando tienes un disgusto a veces hay que rehacerse al calor familiar, y qué mejor que un desayuno energético para dar el último adiós a la mejor abuelita del mundo. 




1.       EL HALLAZGO
Eran las cinco de la tarde cuando –siguiendo la tradición– llovía con furia sobre el pequeño grupo de familiares y amigos que acompañábamos a mi abuela caminando, como se hace en los pueblos, desde la iglesia parroquial hasta el cementerio. Recordé que también llovía a cántaros en los cuatro o cinco últimos entierros. La vida sigue doliendo mientras los buenos se van y nos quedamos los mediocres, o a los que aún nos queda un rato que aprender. Esas palabras y esas oraciones que reza el sacerdote sobre el cadáver se te graban a fuego y te torturan con mil recuerdos maravillosos, cuando te toca de cerca. Y aquí nos tocaba a todos a dolor.
El resto del día fue triste y con esa sensación de no saber qué hacer porque nada te parece suficientemente importante como para quebrar ese duelo. La familia se fue dispersando dejando esa sensación agridulce, a algunos nunca los ves y siempre que lo haces es para enterrar a alguien y por lo general con poco tiempo. Así que por una de esas casualidades de la vida y por ser demasiado tarde para volver a Madrid me quedé en la casa de mis sueños, aquella que había colmado mi infancia de felicidad, yo sola.
Así se hubieron marchado los últimos, me dediqué a vagar por la casa buscando una ocupación indefinida. Saqué unas sábanas, estornudé un rato largo debido a mi dichosa alergia a los ácaros, me tomé un antihistamínico y puse la tele. Tanto silencio me estaba pesando, y a cada momento me parecía oír la voz de la abuela o a mi abuelo cantándole cada vez que ella andaba cerca. Ya no lo sé. Siempre he pensado que cuando mueres te vas a algún recóndito lugar con tus seres queridos, y los abuelitos llevaban casi veinte años separados pues mi abuelo había fallecido repentinamente en el año 93.
Rebuscando entre las cosas de la abuela encontré una cajita con una llave. La probé en todas las cerraduras que se me fueron ocurriendo, armarios, muebles, hasta una vieja caja de música, pero no hubo suerte. Me la metí en un bolsillo y bajé al comedor. Volví a estremecerme cuando el reloj dio las nueve así que me subí a una silla y paré el péndulo del dichoso reloj. Ya solo me faltaba estar toda la noche escuchándolo dar las campanadas cada hora.
De repente me di cuenta de que no había absolutamente nada que cenar en casa, así que busqué desesperadamente el teléfono del Pizzbur, empezaba a tener bastantes ganas de una de sus famosas pizzas de huevos rotos, si no las habéis probado os las recomiendo. Al fin encontré un folleto guardado en el cajón de las guías telefónicas, algo que ya no se usa pero que mi abuela guardaba cada año con particular devoción.
Junto al teléfono encontré otra cajita de madera en la que probé la llave, pero nada.
Empezaba a hacer bastante frío, mi padre había dejado “desconectadísimas” todas las estufas de la casa en su particular ronda de despedida. Suele hacerlo, quede alguien en casa o no, o por si acaso. Así que busqué la vieja estufa de butano, esa que da una llamarada de infarto al encenderse y puede quemarte las cejas si no te apartas como un metro. No arrancaba así que moví la bombona como le había visto hacer a mi madre, con una falta de respeto absoluto por el gas butano, cosa que nos había causado ya algún pequeño susto familiar. No pesaba mucho así que salí al patio jurando en arameo y busqué desesperadamente otra bombona, mientras lo hacía, la voz de mi abuela sonaba en mi cerebro alta y clara “Nenes, cuando se acaba una bombona hay que pedir otra…” Y tanto, en la casa de tócame Roque no había otra bombona llena sino un par de ellas vacías. En mi desesperada búsqueda por el chabolo me topé con el viejo baúl del abuelo.
Mi abuelo era militar y como familia de militares la infancia de mi padre y mi tía había transcurrido de pueblo en pueblo, y de ciudad en ciudad. En aquellos tiempos no se habían inventado las maletas normales y corrientes y viajaban cargados con pesadísimos baúles. Eso o algo así pensaba yo de niña cuando veía en cada esquina de la casa un enorme baúl de madera que ya de por sí pesaba un quintal. Las mudanzas debían de ser la pera en la España de los 50 y 60. De repente recordé la llave y en ese momento oí el timbre de la puerta sonar con furia. Quizá desde allí no lo había oído así que salí corriendo hacia la entrada.
-          Un momento –grité.
Al parecer mi padre también había cerrado con todos los pestillos posibles la puerta así que corrí por mi bolso y después de sacar cuatro juegos de llaves salió el último, el de la casa de la abuela. Cuando conseguí abrir la cara del repartidor de la pizzería ya era no era tan amigable, así que le sonreí para contrarrestar y le dije que se quedara con el cambio. No suelo hacerlo, pero en la mayoría de las novelas y películas lo hacen, así que me animé.
Mmmm, aquello olía de maravilla así que corté un trozo y volví al trastero a examinar aquel baúl. Pensaba que sólo contenía el traje militar del abuelo, y algunos recuerdos, no creía que la abuela pudiera guardar la llave con tanto empeño. El baúl estaba claramente abierto y la llave no encajaba así que mi gozo en un pozo. Empecé a revolver, y a estornudar. Corrí a por mi inseparable paquete de clínex y volví con una bufanda atada a la nariz y la boca, el único modo posible para una alérgica como yo de rebuscar entre cosas llenas de polvo.
Efectivamente el uniforme militar del abuelo, el sable, las botas y algunas medallas viejas, ganadas posiblemente con gran tesón, estaban por allí. Oí sonar el móvil y corrí de nuevo hacia la cocina.
-          Hola papá. ¿ya habéis llegado?
-          Hace un rato, había niebla en Mondoñedo y tuvimos que abandonar la autovía para ir por la nacional. Mañana cuando salgas ten cuidado. Ya sabes dónde tienes que desviarte, ¿no?
Antes de que volviera a explicarme con precisión la ruta que debía seguir le recordé que pensaba ir por Meira, más directa y más tranquila.
-          Ah bueno, es verdad, que tú siempre vas por el otro lado. ¿Te has comprado algo para cenar?
-          Sí, he pedido una pizza. Por aquí no había nada que echarse a la boca.
-          Bueno, por la noche cierra bien todas las puertas…
-          Sí papá. No te preocupes. Oye sabes que la abuela tenía una llave en el cajón de la mesilla y no encuentro de qué es.
-          Sabe Dios. Ya sabes que le encantaba guardarlo todo y luego se fueron tirando cosas…
-          Estaba mirando en el baúl del abuelo, pero también estaba abierto.
-          Ahí no hay más que polvo. Te vas a poner fatal de la alergia…
-          Ya.
-          Bueno, pues mañana hablamos.
-          Sí, os llamo al llegar a Madrid.
-          Venga, chao.
Mi padre tenía una técnica muy depurada para acabar siempre las conversaciones abruptamente, así que no intenté indagar más sobre el tema del baúl.
Cogí otro trozo de pizza y volví al chabolo, había empezado a llover. Al levantar la segunda capa de cosas encontré una caja metálica bastante grande. La levanté y miré la cerradura. La llave encajaba así que volví a la cocina. Al poco de entrar se oyó un trueno y, como también era habitual en el pueblo, la luz tembló. Temí quedarme a oscuras así que busqué una vela. Revolví todos los cajones del comedor, luego los del salón y nada. Al final eché mano a un quinqué decorativo, con una especie de vela aromática y cogí las cerillas de la cocina. Abrí la caja, después de pelear un rato con la cerradura, y me sorprendió ver dentro un montón de folios escritos a máquina, la inconfundible Olivetti de mi abuelo. Como tenía tan mal pulso, se había habituado a escribir todo con aquella máquina que llevaba de aquí para allá entre sus pertenencias. Los saqué. Estaban unidos por unas grapas y algunos se veían bastante deteriorados por la humedad.
Tuve el impulso de volver a llamar a mi padre para hacer alguna pregunta sobre el asunto, pero algo dentro de mí me hizo decidirme por empezar directamente a curiosear. Luego ya preguntaría.
Volvió a sonar el móvil. “Mamá”. Posiblemente a mi madre le faltaba información tras la llamada de mi padre o bien había quedado alguna cuestión sin matizar como “tómate algo caliente” o “abrígate bien por la noche”. Las madres no pueden escapar de la idea de que son madres al fin y al cabo.
-          Hola mami.
-          ¿Qué tal te has quedado ahí tu solita?
-          Bien, no te preocupes.
-          ¿Tenías algo para cenar?
-          No pero ya me pedí algo por teléfono, y mañana desayunaré en algún lado y ya salgo.
-          Bueno, ¿estás bien?
-          Sí mami. Te dejo que me quiero acostar pronto.
Era el único modo del colgarle el teléfono a una madre y me picaba la curiosidad con los dichosos folios escritos.
Cogí otro trozo de pizza y una servilleta para no manchar todo aquello. Había logrado encontrar una coca-cola sin caducar así que también tuve cuidado con el vaso, suelo llevar la fama de patosa y con razón. Comencé a leer…
Madrid
Debido a mi trabajo desde la juventud como mancebo en una farmacia del pueblo, cuando llegué para realizar mi servicio militar en Madrid fui asignado inmediatamente al cuerpo de Sanidad. Sabía poner inyecciones, hacer píldoras y pomadas y reconocer algunos preparados por el olor, lo cual en el ejército te capacitaba automáticamente para curar enfermos o ayudar a hacerlo.
Madrid era un hervidero social y político en aquellos años previos a la guerra por lo que seguía los consejos de mi hermano Manolo y trataba de que el día transcurriera sin meterme en líos.
Vivía en el cuartel de los Docks, entre las calles Pacífico y Comercio, y hacia la tarde, en el rato que tenía libre solía acercarme a la imprenta donde trabajaba Manolo a echarle una mano con el trabajo.
Comencé a leer con voracidad aquellas páginas amarillentas y de repente pasaban ante mis ojos escenas en blanco y negro, de dos hermanos jovencísimos sacándose las castañas del fuego en el polvorín que era aquella capital en los años 1934, 35 y 36. En aquella época donde no había paraguas familiar, y de padres labradores debían salir hijos hechos y derechos que frecuentemente dejaban el pueblo natal buscando un futuro. Así lo había hecho Manolo, el hermano del abuelo. Me estremecí al mirar para la pared del comedor y ver su viejo retrato, que mi abuelo había querido tener siempre allí y mi abuela había respetado en todas sus reorganizaciones domésticas. Poco más allá, sobre un viejo aparador, las fotos de todos los nietos, bodas, bautizos y comuniones y la pequeña foto de boda de mis abuelos. Dos jovencísimos audaces mirándose con pasión, que se casaron con lo puesto en un día de verano de la triste postguerra española.