jueves, 11 de febrero de 2016

El Cristo de Medinaceli y la guerra civil

Rebuscando en la historia familiar me encontré frente a la Basílica de Medinaceli, en la madrileña Plaza de Jesús. Imaginé sus sótanos llenos de libros de registro de bautismos, confirmaciones, matrimonios, etc. Supe que quizá mis antepasados hubieran pisado aquellas baldosas ajedrezadas en unas cuantas ocasiones. E indagué en su historia durante los años 30, coincidiendo con la guerra civil. 

El capítulo entra por derecho propio en esta historia que se narra en la novela La Casilla de Guadarrama. Incluyendo el episodio del Cristo de Medinaceli, que tanta devoción popular suscita y es visitada por cientos de personas cada viernes, y la ocupación del templo por el batallón de Margarita Nelken, en los inicios de la guerra civil.

La basilica se consagró en el año 1930, por Don Leopoldo Eijo Garay. Y el Cristo, de autor desconocido y que data del siglo XVII, fue llevado al extranjero para preservarlo, volviendo de nuevo al templo en mayo de 1939, procedente de Ginebra. 

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miércoles, 20 de enero de 2016

Los jóvenes y la guerra civil española: contando novelas

También creo que los jóvenes sabemos poco de la guerra civil española. Por eso, y también porque es uno de los temas históricos que me apasiona, mi regalo navideño fue el nuevo libro de Arturo Pérez-Reverte. Para los que aún no os habéis animado se lee en una hora, aproximadamente, y es ilustrada. Reconozco que sentía curiosidad por tenerla pues ha suscitado numerosas críticas en los medios y en internet. 

Me gusta que un escritor de la talla de Pérez-Reverte haya afrontado este difícil reto de tratar de explicar un conflicto bélico tan complejo a quienes están ahora cursando la ESO o el bachillerato, que pienso que podrían ser los destinatarios del libro y quienes estén dando estos contenidos. Además, con el problema catalán y la fragmentación parlamentaria actual, el ambiente de pre-guerra, salvando muchas diferencias por supuesto, está de plena actualidad. Digamos que no vivimos, afortunadamente el clima de crispación ni los abismos sociales que había en las primeras décadas del siglo XX. Pero toda esta parte previa a la guerra, supongo que por su dificultad para ser recogida de forma esquemática, no está presente en el libro. Esto fue quizá para mí lo más llamativo. Se dedica sí una página a la situación social en 1936 y otra a los modelos extranjeros. De ahí pasamos a aclarar cuáles eran los dos bandos y a hablar de la sublevación del bando franquista. 

Del libro de Pérez-Reverte, además de la iniciativa didáctica, me gusta el lenguaje sencillo y la segmentación de los acontecimientos en capítulos. Las ilustraciones de Fernando Vicente me parecen muy interesantes y adecuadas al propósito del libro. Y me parece muy adecuada también la idea de hacer una narración general y prescindir de la mayoría de los detalles y datos históricos, pues a menudo en los libros de historia lo que encontramos es un compendio de fechas y nombres que nos impiden "leer" y entender el conflicto en su totalidad.

Explicar una guerra, y más una guerra civil, me parece tremendamente difícil. Si algo se me ha quedado grabado de la experiencia de tomar las notas de mi abuelo en los primeros días de la guerra y hacer crecer de ellos una historia, como la que puede leerse en "La Casilla de Guadarrama", es que las dos partes en conflicto no eran los malos y los buenos, sino que había muchos matices en aquella ensalada de odio, política, ideologías e injusticia social. Y que además España tampoco estaba dividida como puede verse en los mapas de los libros de historia sino que el miedo, el ansia de poder y otros cuantos intereses y factores hicieron que unas provincias o comandancias y otras tomaran partido por uno u otro bando. Así se configuró el mapa azul y rojo que dividió a nuestros abuelos. 

Como en casi todas las familias hay algún triste recuerdo que podemos rastrear, lo más interesante, además de leer este u otros libros sobre la guerra, es conocer nuestra propia historia familiar sobre la guerra civil. Pero también escuchar las otras, y formarte tu propio criterio de un conflicto que aún hoy da mucho que hablar, y que leer. 

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miércoles, 30 de diciembre de 2015

Campanadas con mucha historia, en la Puerta del Sol

El reloj de la Puerta del Sol de Madrid lleva más años de los que podamos pensar marcando con sus agujas el compás de la historia de España. Sobre el edificio de la Casa de Correos y, desde mediados del siglo XIX, vino a sustituir al reloj de la Iglesia del Buen Suceso que era el que le precedía en marcar los tiempos, pero al parecer su funcionamiento era bastante deficiente.

Los relojes en los antiguos edificios marcaban el ritmo del día
Con la tradición de las doce uvas a un tiro de piedra, no puedo evitar viajar mentalmente a un episodio ocurrido en 1936, el 20 de julio, cuando aquel cabo sanitario protagonista de "La Casilla de Guadarrama" remataba un fatídico día de los albores de la guerra civil española precisamente frente a este reloj. Sonaban las 3 de la mañana cuando el soldado llegaba con varios compañeros al Ministerio de Gobernación, que entonces ocupaba el edificio, construido a mediados del siglo XVIII. Y tocaban las campanadas las 5 de la madrugada cuando salían con destino a la Academia de Sanidad Militar para ser destinados al puesto de socorro de Toledo y Collado, respectivamente. Así lo dejó escrito mi abuelo en sus memorias, y así se recoge en esta parte de la novela. Los tres despedirían el año en el frente en circunstancias bastante diferentes a las de la mayoría de los madrileños que acuden hoy a la Puerta del Sol.

Avanzada la guerra, la famosa torreta del reloj fue bombardeada. Y el edificio pasó a ser la Dirección General de Seguridad, durante el franquismo, y en sus sótanos hubo calabozos destinados a miembros de la oposición a la dictadura. En los años posteriores los compases horarios se emitieron desde Radio Nacional de España. Y en 1962, como detalla la historia del reloj más famoso de la capital en la Wikipedia, se televisaron las primeras campanadas desde esta ubicación. Su historia ha dejado huella en el mundo literario, también en la novela que inspira este blog, en el musical o en el cine. Y con ella queremos también desde este rincón virtual desearos feliz año a todos.

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lunes, 14 de diciembre de 2015

La guerra civil que me contó mi abuelo

La vida es un conjunto de experiencias. Lo que lees en los libros, lo que aprendes en el colegio, lo que escuchas en casa, lo que vives en el trabajo... Alguna la guardas entre algodones, en esa caja mágica a donde va todo lo que nunca queremos olvidar. 

Cuando estudié por primera vez la guerra civil, creo que fue aún en EGB, me acerqué al abuelo y le pedí que me contará la guerra. La contaba a todas horas, pero aquella fue la primera vez que quise escucharla en detalle. Él miró mi libro de texto, y después de maldecir un rato me dijo que quienes lo habían escrito no habían vivido la guerra. Y tenía razón, ¿quién podría rebatirlo? Así que empezó por el principio, pero nos llevó toda la tarde y a los pocos días se tuvo que marchar, y la cosa quedó para el invierno siguiente. 

El abuelo, a la sombra de un árbol, y yo
Aprobé mi examen y el curso. Pero ese invierno mi abuelo se murió. Así que para cuando tuve que examinarme de nuevo de historia de España, en 3º de BUP, me vi de nuevo frente a aquellas fechas y acontecimientos, ordenados de forma fría en cuadros y esquemas, y escritos por personas que no habían vivido la guerra. 

Un día rebuscando en un armario me topé con aquellas memorias. Folios y folios a máquina, algunos a punto de borrarse, metidos en una carpeta de gomas azul oscuro. Los empecé a leer pero se me caían de las manos. Quizá no era mi momento. Pasados otros cuantos años, mi padre ordenó todas aquellas notas en la novela Malditas Guerras. La leí de un tirón. Después pasé a las viejas memorias de nuevo, por si quedaba algún detalle, alguna anotación al margen, que se hubiera quedado pendiente. El abuelo ya no estaba. Nos había dejado una casa llena de recuerdos, de fotos, de su viejo uniforme y sus medallas. De libros sobre la guerra civil con anotaciones de su puño y letra. 

Él nunca entendió la guerra que le tocó vivir. Yo tampoco la entiendo, aún después de leerla en los libros de historia y empaparme de sus experiencias escritas a máquina. Nadie ganó ni perdió. Todos perdieron, pues todas las familias tienen una historia dolorosa. Pero lo realmente triste es que se haya apagado la voz de la generación que nos la podía contar en primera persona. Y es que los libros de historia no cuentan la guerra que vivió la gente, sino una serie de hechos por orden cronológico, y no es lo mismo.

Necesité escribir esta novela para entender todo aquello. Para contarlo a quienes tienen abuelos que ya no vivieron la guerra, y para cualquiera que quiera escuchar una historia inspirada en la triste y apasionante guerra civil española. 

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miércoles, 11 de noviembre de 2015

Madrid años 30: el antiguo Hospital de la Princesa

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Las memorias que dejó mi abuelo y en las que se inspiran la novela "La Casilla de Guadarrama" y este blog hablan bastante del hospital de la Princesa. Allí ingresó su hermano Manolo, el joven que aparece en la portada del libro, y allí fue tratado de la tuberculosis que padecía.

Sabemos que actualmente es hospital universitario perteneciente a la Comunidad de Madrid y se encuentra en el Barrio de Salamanca ¿pero dónde estaba el hospital de la princesa en 1936?

Imagen aérea de Google Earth con marca de posición
El hospital fue inaugurado a las diez de la mañana del 24 de abril de 1857 en el Paseo de Areneros, hoy calle de Alberto Aguilera. Se construyó en memoria de la Infanta Isabel ("la chata") tras haber salido ilesa junto con su madre de un atentado años antes. La apertura oficial de este centro no estuvo exenta de polémica, ya que la prensa de la época recoge el malestar de algunas personalidades relevantes que contribuyeron a su creación y no fueron invitadas al evento, así como comentarios a pie de calle de ciudadanos que apenas pudieron ver nada de la ceremonia después de haberse sostenido la obra con fondos públicos. Así lo recogen el diario Crónica Hispano-americana y La Iberia.

También recoge el diario La España, el 12 de mayo de 1857, el reparto que hizo la reina de donativos con motivo de esta inauguración, por un total de 20.000 reales. La administración de los mismos corrió a cargo de Sor Francisca Moriones, superiora de las H
ermanas de la Caridad, que atendían el centro, y que fue rigurosamente asignado a solteros, viudas, huérfanos, enfermos con hijos a cargo, etc.

Aunque en sus orígenes no fue gratuito totalmente sino que se le asignaba una pequeña aportación a cada enfermo, según recoge detalladamente la web Fotomadrid, en 1931 se publica una orden firmada por Maura en la que se establece para este hospital el nuevo nombre de Hospital de la Beneficencia General.

Durante la guerra civil fue trasladado al Colegio del Pilar bajo el nombre de Hospital Nacional de Cirugía, pues el inmueble fue usado como cuartel republicano. En esta etapa se destruyeron los archivos del centro, y con ellos el expediente de nuestro protagonista Manolo. Mucho he rastreado las memorias de mi abuelo en busca de más datos de esta historia, pero poco más he encontrado que lo que podéis leer en la novela y también los episodios que relatamos en el blog.

lunes, 26 de octubre de 2015

El Sanatorio antituberculoso Lago-Tablada y su historia, en Guadarrama

La sierra de Madrid está llena de antiguos sanatorios, como hubo en tantos otros puntos de España, construidos a principios de siglo para hacer frente a la epidemia de tuberculosis que padeció nuestro país. Precisamente en la antigua nacional VI, tras pasar el pueblo de Guadarrama y bordear el túnel de la autopista, está la estructura vacía del antiguo sanatorio de Tablada.

Recortes de hemeroteca de la época / Doc. de A.G.V.
Siguiendo la pista de este lugar a través de las memorias de mi abuelo, que estuvo en la zona en los primeros días de la guerra civil, descubrí que el hospital antituberculoso al que él hace referencia no es este viejo edificio abandonado sino otro del que no quedan restos.

Como ya avanzamos en el post "El misterioso sanatorio de Tablada", este centro médico dejó su huella en los periódicos de la época. Uno de los más extensos es El Imparcial, que en su edición del 9 de diciembre de 1924 recoge una crónica de su acto inaugural presidido por el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia.

Se trataba de un centro sanitario estatal, en plena "cuesta del León", y muy cerca de la estación de ferrocarril de La Tablada. En el acto de inauguración al que asistieron un largo séquito de personalidades encabezadas a nivel local por el alcalde de Guadarrama, el juez y diversas autoridades de la zona. También diversos miembros destacados de la nobleza vinculados con lo sanitario, como representantes del Real Patronato de Lucha Antituberculosa, creado en 1924 y del que formaban parte las allí presentes como la condesa de Romanones, la duquesa de la Victoria, las condesas de Heredia-Spinola y TorreArias, las marquesas de Aldama, Comillas y Argüelles. Un buen número de doctores con cargos en diversos centros sanitarios de la capital, así como inspectores y políticos designados a labores del sector sanitario asistieron también a la apertura de este centro y son glosados en la crónica periodística casi de forma nominal.

La historia
Los arquitectos, Manuel Cardona y Amós Salvador, tuvieron un lugar destacado en el evento, así como la viuda de Lago, benefactora y principal artífice de este sanatorio que costó en su día  un total de 2.446.689,41 pesetas. La prensa de la época en recortes que hemos conocido gracias a la investigación de Alberto, un guadarrameño interesado en la historia local, pone de manifiesto también que este hospital fue pionero. Así lo recoge el diario La Tierra de Segovia, en diciembre de 1921: "hasta hoy no tenía el Estado Español ni un solo sanatorio para atender a tan urgente necesidad de sanidad pública".

La hemeroteca recoge bien los orígenes de la construcción de este centro. La señora viuda de Lago, Clementina Lanchares, tenía un hijo capitán de artillería que murió a consecuencia de la tuberculosis, en algunos medios hemos leído que dos. De ahí que se decidiera a abonar el terreno y sufragar parte de la construcción del edificio que tenía capacidad para cien enfermos de los cuales 72 serían gratuitos. Como apunte curioso, la señora Lago quiso ceder también una plaza a la Asociación de la Prensa para un profesional que pudiera padecer esta enfermedad.

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jueves, 15 de octubre de 2015

La casilla de la muerte de Guadarrama, en plena Guerra Civil

Julio de 1936. Anochecía. El joven cabo de sanidad militar salió de aquel viejo sanatorio de Tablada y enfiló hacia arriba siguiendo el trazado de la nacional VI. Se oían ráfagas de ametralladora de vez en cuando. Caminaba semiagachado cuando encontró a unos soldados del regimiento de Castilla que en realidad eran extremeños, y disparaban tumbados, asomando el fusil por entre las piedras del muro sin saber muy bien a dónde apuntaban. 

Se oían los aviones volando bajo. Al llegar a la curva, vio la caseta de camineros al otro lado de la carretera y la cruzó de cuatro zancadas. Saltó sobre los sacos que protegían la puerta y se tiró dentro. Enseguida comprobó que eran sacos de pan duro. 

La escena dentro de la casilla era difícil de asimilar. Era grande, como un garaje, y diáfana. Con grandes vigas en el techo y unos diez metros de frente por treinta de fondo. Había un hombre con una bata blanca curando a un herido. Junto a él, una miliciana con un mono preguntaba al pobre soldado sus datos y los anotaba en una libreta. Los heridos gritaban. Uno pedía que le llevaran a morir a Madrid, otro que a Segovia, otros gritaban que no podían soportar el dolor.

Mi abuelo preguntó quién estaba al mando, y al ver que era cabo sanitario le dijeron que se ocupara él porque ninguno de los que curaban o ayudaban tenía ningún conocimiento en la materia. Tumbaron a otro herido sobre una mesa, que realmente era una puerta sobre dos cajones, el colchón que hacía de camilla chorreaba sangre. El herido era un alumno joven del Colegio de la Guardia Civil de Valdemoro. Lo había arrastrado monte abajo una chica que iba con él. Nuestro joven protagonista cortó la ropa y vio que una bala le atravesaba el pecho. Se moría y quería dar un recado a la chica, que se llamaba Mari. Pronto hubo que sacarlo de allí para curar a otro. 

Muchos murieron, otros fueron bajados en camiones al anochecer, con las luces apagadas, a hospitales de Madrid o al sanatorio de Tablada, un poco más abajo. Al caer la noche una de las voluntarias trajo algo de comer: chorizos y pan duro con chocolate. Mi abuelo se sentó en la puerta, pero fue incapaz de probar bocado. Cesaban los tiros, como al terminar cada jornada, para volver a escucharse con las primeras luces del Alba. 

Así, más o menos, lo narraba mi abuelo en sus memorias y así lo recoge la novela "La Casilla de Guadarrama". Esta caseta de camineros sigue en pie, en la curva de Tablada, poco antes del Alto del León.

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