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martes, 8 de noviembre de 2016

Las baterías de costa abandonadas en Galicia

En algún momento bastante reciente el tiempo se detuvo en estas instalaciones militares que hoy yacen vandalizadas por toda la costa noroeste. Las hemos visto en Cabo Sillero (Baiona), en el cerro de Santa Catalina (Gijón) o en distintos lugares de la ría de Ferrol. Pasadizos, castillos y fortalezas, antiguos barracones de cemento y hormigón. En algún momento de hace algo más de 30 años muchos de estos recintos abrieron sus barreras y quedaron al amparo de los curiosos. 

 Hace solo unos días visitábamos la batería de Punta Segaño, en Ferrol, con su fecha grabada en la fachada de uno de los edificios: 1901. Ese principio de siglo que terminaría por ser tan convulso en nuestro país a causa de la guerra civil. Lo cierto es que siendo niña, recuerdo haber visto soldados en las garitas de vigilancia de Santa Catalina de Montefaro o el Castillo de la Palma, quizá lo soñé pero en los años 80 esos viejos edificios estaban llenos de vida. 

En Punta Segaño las primeras edificaciones son del siglo XVIII. Es un lugar estratégico a 30 metros sobre el mar, que domina tanto la ría de Ferrol como la Pontedeume-Ares. Hay pasadizos bajo tierra para llegar a los puntos donde estaban los cañones. Muchos de ellos son difíciles de explorar sin una linterna. 

En Cabo Prior está también otra base militar en la que el tiempo ha ido llenando de vegetación las antiguas cocinas, las habitaciones y las salas comunes, todas con sus chimeneas. Pero también en el Castillo de la Palma (Mugardos), el de San Felipe (Ferrol), Seixo Branco (Oleiros) o el Monte de San Pedro (A Coruña) puedes sentir el aliento de los militares allí destinados. Restos de armamento, algunas pintadas y mucho escombro que alguna vez estuvo lleno de vida. 

El ambiente bélico de la guerra civil y las guerras mundiales propiciaron la rehabilitación o construcción de estos puntos estratégicos para defender el territorio nacional. También los búnkeres que se están empezando a habilitar en diferentes ciudades españolas como Santander, o los que se pueden recorrer en Berlín o Budapest. Quizá uno se pregunta por qué estos lugares no se señalizan también con paneles recogiendo su historia, o se promocionan como reclamo turístico para los que de algún modo seguimos interesados en aprender de nuestra historia.

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domingo, 2 de octubre de 2016

El curioso significado de estraperlo y la II República

Uno de los placeres veraniegos favoritos de cualquiera al que le guste leer es sin duda poder bucear con más calma en cualquier librería. Así fue como este verano rebuscando entre las estanterías de Vivín, en Ribadeo, me compré el libro "El Caso Strauss. El escándalo que precipitó el final de la II República", de José Carlos García Rodríguez, y así fue más o menos como aprendí el curioso significado de la palabra "estraperlo", una forma de negocio bastante habitual en los años de la posguerra civil española y durante la misma.

Resulta que en los años 20 en nuestro país estaba bastante mal visto el juego, incluso los principales medios de comunicación censuraban estas prácticas. No fue extraño por tanto que en 1922 se comenzaran a cerrar las casas en donde se llevaban a cabo diferentes tipos de juegos de envite y azar. Fue durante el gobierno de Manuel García Prieto y quien lo ejecutó fue el ministro de la Gobernación Martín de Rosales y Martel, duque de Almodóvar. Según recoge el citado libro, existían en España unas dos mil casas de juego y 70 de ellas estaban en Madrid.

En 1923, durante la dictadura militar, Primo de Rivera continuó la cruzada contra el juego llegando a cerrar casinos con mucha relevancia en el turismo y la economía, como el de San Sebastián. Será en 1934 cuando el empresario Daniel Strauss se hace cargo de dicho casino y lo remodela para su reapertura, incluyendo un juego de creación propia similar a la ruleta pero en el que, según él, interviene la habilidad. el nombre que recibe el juego, que pronto se hace bastante conocido a nivel nacional, es precisamente "Straperlo", por la mezcla de Strauss con Perlowitz, los apellidos de sus creadores.

Como fiel precursos de tejemanejes que por desgracia aún hoy nos son conocidos entre los círculos de poder y política, este empresario se va asegurando una red de colaboradores y comisionistas con el fin de que el citado juego sea permitido en los casinos. En algunos hoteles y casas de juego llega a funcionar durante un breve periodo de tiempo. Pero pronto se prohibe y ni los miembros del gobierno de la II República que se habían comprometido a echarle una mano ni otros políticos y cargos de diversa índole a los que dio dinero para conseguir su propósito lograron que el juego se legalizara. 

Imagen de la portada del libro / Escapalandia
Tras cesar en su intento, Strauss se marcha del país y se lía a escribir al mismísimo presidente del gobierno, Alejandro Lerroux, para reclamar daños y perjuicios por el dinero entregado a miembros del partido y allegados. El caso comienza a tomar cuerpo en la prensa de la época y se acaba creando una Comisión de Investigación que a su cierre corrobora algunas cuestiones pero no llega a ninguna conclusión destacable. El autor indica sin embargo que el escándalo del "straperlo" agudizó una crisis política que desembocó en la caída de la II República. 

Sin duda todos estos acontecimientos se suceden en Madrid mientras nuestros protagonistas de "La Casilla de Guadarrama" viven ese período de preguerra civil por el barrio de las letras de Madrid. Hablamos de un episodio que llegó incluso a llevar una mesa de este juego, aunque brevemente y solo como demostración privada, al hotel Ritz de Madrid. Pero también fue trasladada posteriormente al Ministerio de Gobernación, con el propósito de analizar su funcionamiento por las autoridades. 

Solo unos cuantos meses después estallaba la guerra civil española y el término estraperlo vendría a determinar el comercio ilegal de artículos prohibidos o al margen de la legalidad. Curiosamente el diccionario de la RAE recoge también el origen de este termino como "ruleta fraudulenta que se intentó implantar en España en 1935" y hace alusión al origen del término como acrónimo de sus creadores.

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miércoles, 7 de septiembre de 2016

El antiguo cuartel de los Docks (Daoiz y Velarde) en Madrid

Desde que leí en las memorias de mi abuelo, que estuvo destacado tres años en el cuartel de los Docks, justo hasta el comienzo de la guerra civil, tuve curiosidad por conocer este sitio. Aún pueden verse los antiguos barracones junto a la estación de Atocha, que hace ya más de una década fueron recuperados como espacio sociocultural y municipal. Recientemente tuve la oportunidad de recorrer este espacio. 

Arco con la fecha 1922 en el dintel / CDGF
 Y es que el 1 de julio de 1933 mi abuelo ingresó como soldado voluntario en el primer grupo de la primera comandancia de tropas de Sanidad Militar, en Madrid. Aquí más o menos parte la historia de la novela que inspira este blog y que la guerra civil trunca por la mitad, como las vidas de tantas personas de esta generación. Así lo describe él en sus memorias:

"Cuando llegué ante los muros de aquel viejo cuartel de los Docks, en la calle del Comercio esquina Pacífico (hoy Avenida de Barcelona), antes de cruzar aquella acerca gastada por las suelas de las botas de miles de centinelas durante cientos de años. Se me cayó el alma a los pies pensado que detrás de aquellos muros me esperaba otra vida solitaria, sucia y dura, donde a cambio de mi vida solo podrían darle a mi madre una medalla de latón"

Después relata sus dificultades para moverse en lo que era el Madrid de principios de siglo a través de tranvía, metro o andando, sin perderse y procediendo de un pueblo de apenas unos miles de habitantes. Pero como tantos jóvenes de la época en seguida se adaptó al ritmo de la capital y dejó de perderse y tener que fregar platos por llegar tarde al cuartel. 

Cicatrices en los muros del antiguo cuartel / CDGF
Antiguos barracones que hoy son polideportivo / CDGF
Mi abuelo relata el ambiente de aquellos días en sus idas y venidas dentro y fuera del cuartel como de una crispación muy grande en el plano político. La mayoría de los jefes eran de derechas y entre los soldados había bastante división. En la calle el ambiente iba más con las izquierdas y de hecho en las salidas del cuartel en un montón de ocasiones se topó con grupos que le rodeaban y pedían que gritara "viva Rusia" o les decían "ahí un día os vamos a quemar a todos". A medianoche muchas veces sonaba algún tiro contra la garita de vigilancia y luego se calmaba la situación. 

Tras la revolución de octubre del 34 la situación empeoró y mi abuelo escribe que no había pan ni leche, y los comercios no estaban abiertos. Así que la intendencia militar recibió la orden de fabricar pan día y noche para la población civil, hospitales, colegios, centros religiosos, etc. También se vendía pan a cualquier persona que venía a buscar para su familia o el vecindario. En esos días recibieron también el encargo de custodiar camiones que iban a llevar pan y víveres a barrios como Tetuán, Vallecas o Carabanchel

Algunas veces los soldados comían en una fonda llamada La Gijonesa, que había frente al Parque de Artillería. Después, caminaba hasta Atocha y luego a la Plaza de Jesús, donde se desarrolla otra buena parte de esta historia recogida en La Casilla de Guadarrama. Así, más o menos, pintaba mi abuelo el Madrid de los años 30 desde este rincón de Pacífico

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miércoles, 22 de junio de 2016

La lucha de trincheras en Guadarrama durante la Guerra Civil

Buscando datos sobre el batallón de Pontevedra que refiere mi abuelo en sus memorias, y que ocupaba el Alto del León en los inicios de la guerra civil española, he encontrado otro tesoro histórico. Esta vez ha sido en las páginas de La Voz, en su crónica del frente de Guadarrama el 27 de julio de 1936. 

Restos de trincheras / M.L.
El relato, con ese aire de gesta tan de periodismo de principios de siglo, narra la deserción de un soldado del Ligero de Artillería de Valladolid que se pasó al bando republicano. Lo firma un tal "José Luis Moreno", enviado especial al Alto del León. Desconozco cómo habría logrado el periodista coronar esta cumbre, teniendo en cuenta que era un polvorín que estuvo en esos últimos días de julio en manos de los republicanos y de los nacionales, pero con más predominancia de estos segundos. 

El redactor cuenta que subió a la Sierra sin más obstáculo que los puestos donde estaban destacados algunos milicianos que les pedían la consigna. Precisamente ese día 26 de julio fue cuando mi abuelo consiguió subir desde el antiguo Sanatorio de Tablada hasta la Casilla de la Muerte, en una camioneta con un conductor y otro militar de Sanidad, pero ambos acabaron tiroteados en la cuneta, el vehículo volcado y mi abuelo salvó la vida milagrosamente al rodar ladera abajo.

El periódico cuenta que esa tarde una columna mandada por un comandante "estableció contacto en plena sierra con los rebeldes. Aseguran que, peleando a unos veinte metros de distancia de los traidores, les intimaron en nombre del gobierno de la República a que se rindieran (...) la respuesta fue una franca huída".
El relato recoge a un ejército nacional desanimado y cuya aviación tiraba octavillas desde una avioneta negra indicando que la columna de Mola avanzaba y su llegada era inminente.

Aspecto actual del Alto del León
El periodista entrevista a un soldado de nombre Ricardo Gómez Esteban que afirma ser de la columna facciosa y que vino desde Valladolid. Este hombre afirma algo que me llamó bastante la atención, pues indica que el 23-24 de julio tropas de Salamanca y Plasencia partieron hacia Guadarrama. El sábado 25 de julio llegaron al Alto del León y comenzó el bombardeo. En esos días mi abuelo narra que los disparos eran constantes, de hecho, él fue condecorado por subir a la azotea del hospital Hispanoamericano y poner una bandera blanca con una cruz atada al pararrayos, acto en el que resultó herido pero le valió un ascenso. 

En esos días la crónica narra que sigue el avance de los republicanos dirigidos por el general Riquelme, con apoyo de la aviación, logrando avanzar y que los nacionales abandonen varias de sus posiciones. Se citan en concreto los combates desde el entorno de Collado Mediano. Después la crónica se desplaza hacia Somosierra haciendo referencia a la visita al frente de Dolores Ibarruri y Largo Caballero, además de otros diputados socialistas que se unieron a la lucha en la zona.

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sábado, 28 de mayo de 2016

Entre dos frentes de guerra: el hospital de sangre de Guadarrama

Aquellos episodios vividos en los primeros días de la guerra civil en Guadarrama por mi abuelo me siguen poniendo la piel de gallina. Releyendo sus memorias y lo recogido en "La Casilla de Guadarrama" me pregunto quién diablos disparaba sobre la casilla de la curva de Tablada. Mi abuelo dejó escrito que subir por la nacional VI en los últimos días de julio de 1936 era jugarse la vida. Los disparos y cañonazos venían de todas direcciones. Daba igual en qué bando estuvieras, podías ser alcanzado por fuego de cualquier color y no estaba claro quién iba a llorar por ti.

Imagen del Google Earth con marcas de posición sobre ambos bandos
La casilla de camineros de la curva de Tablada a dónde él, como cabo de sanidad militar, fue destinado era un auténtico polvorín. En pleno frente de batalla, en determinados momentos del inicio de la guerra recibió enfermos de ambos bandos. Investigando sobre mapas de la época y los libros de historia, vemos que en el Alto del León había un puesto de los sublevados, según cuenta mi abuelo nutrido con soldados de un regimiento de Pontevedra. El paso era un punto estratégico y ambos ejércitos lucharon por conquistarlo durante toda la guerra civil española. 

Más abajo, entre Las Pinillas y la Dehesa de los Poyales, estaba la posición republicana de Los Tomillares, cercano a otras trincheras denominadas Líster y Higuera. Pero en la diagonal desde ellas hasta el Alto del León estaban otros puntos nacionales como Loma de Falange, Loma de Requetés y Cabeza Líjar. El resultado es que unos desde lo alto, y otros tirando hacia arriba para acabar con sus contendientes formaban una auténtica ensalada de tiros en el entorno de la Sierra de Guadarrama. 

Mi abuelo relata perfectamente cómo subía hacia Tablada por la nacional, pegado al resguardo de la montaña y arrastrándose por la cuneta de la carretera. Preferiblemente, por la noche, cuando se calmaba el ruido de los disparos hasta la mañana siguiente. En el entorno de la casilla pasaba lo mismo. La puerta principal estaba orientada hacia la posición republicana, y su lado opuesto hacia los nacionales. Pero nada te garantizaba que al asomar la cabeza no recibieras fuego de unos u otros. De hecho, en sus memorias cuenta también cómo los republicanos disparaban hacia lo alto de la montaña a través de los agujeros de un grueso muro junto a la carretera. Estos eran extremeños y formaban parte del regimiento de Castilla. 

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miércoles, 30 de marzo de 2016

La estación del Norte de Madrid al inicio de la guerra civil

"Vete a la Estación del Norte y súbete a cualquier tren que vaya camino de Galicia o Asturias". Esta petición le hace, gravemente enfermo en su cama del Hospital de la Princesa, uno de los protagonistas de "La Casilla de Guadarrama" a su hermano. Acababa de estallar la guerra civil española, y Madrid está fuera de control, con grandes revueltas y una gran división en los estamentos militares y políticos. 

Antiguos trenes en el Museo del Ferrocarril de Gijón
La encomienda fue inútil porque, según relata mi abuelo en sus memorias, el metro aún funcionaba pero al llegar a la estación se encontró un único tren que había sido reforzado con planchas de hierro en las ventanas, dejando espacio para disparar. Un miliciano le indicó que los trenes llegaban únicamente hasta el Escorial, donde estaban tratando de contener a los nacionales llegados de diferentes puntos de España, al parecer, cadetes de caballería de Valladolid.

Rastreando la historia de esta estación y del tren en los inicios de la guerra, encontramos que las locomotoras de vapor aún mandaban en el panorama nacional. Aunque las primeras líneas electrificadas son anteriores a la guerra, la línea Madrid y sus conexiones con Ávila y Segovia quedaron paralizadas por la contienda, como muchas otras. Así lo explica Wikipedia en "Historia del Ferrocarril en España"

La Estación del Norte era entonces de donde salían los trenes hacia Galicia y así fue hasta la década de los 90, cuando estos trenes fueron asumidos por la estación de Chamartín. Hoy ocupa su espacio la Estación Principe Pío, un intercabiador de metro con cercanías y autobuses, además de una zona de Centro Comercial.


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jueves, 11 de febrero de 2016

El Cristo de Medinaceli y la guerra civil

Rebuscando en la historia familiar me encontré frente a la Basílica de Medinaceli, en la madrileña Plaza de Jesús. Imaginé sus sótanos llenos de libros de registro de bautismos, confirmaciones, matrimonios, etc. Supe que quizá mis antepasados hubieran pisado aquellas baldosas ajedrezadas en unas cuantas ocasiones. E indagué en su historia durante los años 30, coincidiendo con la guerra civil. 

El capítulo entra por derecho propio en esta historia que se narra en la novela La Casilla de Guadarrama. Incluyendo el episodio del Cristo de Medinaceli, que tanta devoción popular suscita y es visitada por cientos de personas cada viernes, y la ocupación del templo por el batallón de Margarita Nelken, en los inicios de la guerra civil.

La basilica se consagró en el año 1930, por Don Leopoldo Eijo Garay. Y el Cristo, de autor desconocido y que data del siglo XVII, fue llevado al extranjero para preservarlo, volviendo de nuevo al templo en mayo de 1939, procedente de Ginebra. 

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lunes, 14 de diciembre de 2015

La guerra civil que me contó mi abuelo

La vida es un conjunto de experiencias. Lo que lees en los libros, lo que aprendes en el colegio, lo que escuchas en casa, lo que vives en el trabajo... Alguna la guardas entre algodones, en esa caja mágica a donde va todo lo que nunca queremos olvidar. 

Cuando estudié por primera vez la guerra civil, creo que fue aún en EGB, me acerqué al abuelo y le pedí que me contará la guerra. La contaba a todas horas, pero aquella fue la primera vez que quise escucharla en detalle. Él miró mi libro de texto, y después de maldecir un rato me dijo que quienes lo habían escrito no habían vivido la guerra. Y tenía razón, ¿quién podría rebatirlo? Así que empezó por el principio, pero nos llevó toda la tarde y a los pocos días se tuvo que marchar, y la cosa quedó para el invierno siguiente. 

El abuelo, a la sombra de un árbol, y yo
Aprobé mi examen y el curso. Pero ese invierno mi abuelo se murió. Así que para cuando tuve que examinarme de nuevo de historia de España, en 3º de BUP, me vi de nuevo frente a aquellas fechas y acontecimientos, ordenados de forma fría en cuadros y esquemas, y escritos por personas que no habían vivido la guerra. 

Un día rebuscando en un armario me topé con aquellas memorias. Folios y folios a máquina, algunos a punto de borrarse, metidos en una carpeta de gomas azul oscuro. Los empecé a leer pero se me caían de las manos. Quizá no era mi momento. Pasados otros cuantos años, mi padre ordenó todas aquellas notas en la novela Malditas Guerras. La leí de un tirón. Después pasé a las viejas memorias de nuevo, por si quedaba algún detalle, alguna anotación al margen, que se hubiera quedado pendiente. El abuelo ya no estaba. Nos había dejado una casa llena de recuerdos, de fotos, de su viejo uniforme y sus medallas. De libros sobre la guerra civil con anotaciones de su puño y letra. 

Él nunca entendió la guerra que le tocó vivir. Yo tampoco la entiendo, aún después de leerla en los libros de historia y empaparme de sus experiencias escritas a máquina. Nadie ganó ni perdió. Todos perdieron, pues todas las familias tienen una historia dolorosa. Pero lo realmente triste es que se haya apagado la voz de la generación que nos la podía contar en primera persona. Y es que los libros de historia no cuentan la guerra que vivió la gente, sino una serie de hechos por orden cronológico, y no es lo mismo.

Necesité escribir esta novela para entender todo aquello. Para contarlo a quienes tienen abuelos que ya no vivieron la guerra, y para cualquiera que quiera escuchar una historia inspirada en la triste y apasionante guerra civil española. 

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martes, 15 de septiembre de 2015

La novela en la blogosfera

Los libros comienzan de la mano de un autor y prosiguen su camino solos. Especial ilusión hace leer cada comentario y cada crítica de la historia de mano de adictos lectores, investigadores, y amantes de la historia en general. Hoy nos encontramos este comentario en el interesante blog El día que me hice mayor, que a continuación reseñamos.

La casilla de Guadarrama

El hallazgo de una memorias sobre la guerra civil española, permite a Carmen Delia Díaz construir su primera novela con ciertos tintes autobiográficos. Principalmente porque esos escritos fueron hechos por su propio abuelo, cuando marchó para Madrid desde Ribadeo a ganarse la vida en los tiempos previos a la trágica contienda. A partir de esos primeros relatos, se asienta la base novelera, donde la joven protagonista del libro descubre los primeros pasos de su abuelo César, el hermano de esté, Manolo y la figura de una misteriosa mujer y de nombre incompleto por las calles de la capital de España. Un país en estado de ebullición, y que saltaría un 18 de julio de 1936 en forma de alzamiento militar. Fecha importante también en las vidas de los tres protagonistas de las memorias, ya que se verán empujadas a separarse para juntar los primeros misterios a resolver en la novela. Ese momento álgido es el que aprovecha la autora para iniciar su particular investigación sobre lo escrito por su abuelo, a través de esta novela que se acoge a la entretenida fórmula de los secretos ocultos y las medias verdades.

 

(Leer más)


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jueves, 27 de agosto de 2015

Una historia "real" de la Guerra en el Blog "Guerra en Madrid"

El verano nos ha traído grandes honores como muchos e importantes lectores y algunas menciones. Ésta nos hace especial ilusión, y es que el Blog Guerra en Madrid, incluye una reseña de "La Casilla de Guadarrama" dentro de las lecturas sobre la Guerra Civil Española.


El Blog recomienda diez libros sobre la guerra civil publicados en 2015, como son "La Batalla de las Ondas" (Daniel Arasa), "Voces en la trinchera" (James Matthews), "Los caprichos de la Suerte" (novela inédita de Pio Baroja), "El final de la Guerra" (Paul Preston), "Enfermeras de la Guerra" (Anna Ramió y Carme Torres), "El final de la Guerra Civil" (Fernando Rodríguez Miaja), "La persecución del Santo Cáliz en la Guerra Civil" (Francisco Ballester-Olmos), "La Guerra Civil como moda literaria" (David Becerra Mayor), "El General Invierno y la Batalla de Teruel" (Vicente Aupí). En segundo lugar de este repertorio se cita "La Casilla de Guadarrama".

Quizá las historias de la guerra aún siguen vivas en el recuerdo de tantas familias y de tantos escritores. La generación que vivió la guerra se nos apaga, pero nos quedan los libros.

viernes, 31 de julio de 2015

Humor en tiempos de guerra: los cánticos y el partido de fútbol

La guerra civil fue una brecha que rompió España en dos mitades, causando profundo dolor a prácticamente todas las familias. Mi abuelo la vivió de lleno, y la dejó por escrito en sus memorias de las que ahora recojo varios fragmentos. Pues releyéndolas una y otra vez me llaman la atención varios episodios que revelan el hartazgo de las tropas durante los tres años que duró la guerra y, sobre todo, que la humanidad y las ganas de vivir están siempre por encima del odio y las ideologías. 

La mula
Verano del 37, Gózquez (Pinto). "Llegué allí a lomos de mi caballo. Me dijeron que no me bajara, sino que fuera por la carretera camino del cruce de Pinto a ver si veía un mulo que se les acababa de escapar y lo traía de vuelta. Pronto vi al mulo que corría por el olivar, con dirección a Valdemoro. Corrí cuanto pude tras él, y cuando ya había logrado hacerle cambiar de dirección, mi caballo tropezó y se derrumbó de cabeza al suelo, haciendo que yo saltara por los aires y me diera un fuerte golpe. Estuve un rato aturdido, mientras el carajo del caballo se levantaba y comenzaba a mordisquear unas hierbas. Pronto vi cerca, en una pequeña vaguada, al mulo paciendo tranquilamente. Solté al caballo y dejé que se acercara, y al momento estaban los dos paciendo, espantando las moscas con el rabo. Agarré un puñado de hierba y me acerqué hasta que cogí la brida del caballo y até al mulo para llevarlo de vuelta a Gozquez".

Los cánticos
Año 37, Cerro de los Ángeles (Getafe). "Me enteré de que a pocos kilómetros venía la sección mandada por el sargento Mozo, al cual había conocido. Lo vi venir a lo lejos, así que como ya oscurecía monté el caballo y me puse a esperarle en una curva. Cuando se acercaba, le grité "A ver ese cabo, mande a la gente que se ponga el casco y lleve el fusil en posición de suspendido, que está usted en el frente no en el Campo Grande de Valladolid". El sargento se acerco y me dijo "Maricón, desgraciao. No te había conocido, tú eres el sargento Echevarría". Venían preocupados, con kilómetros a las espaldas. Los cabos montados en mulos, y los demás a pie. Con botiquines de campaña, cargas de camillas, artolas o sillas de evacuación, de las que se colgaban a lomos de un burro y que podían llevar dos heridos. A lo lejos sonaban las ametralladoras y les grité "venga chavales, que ya estáis en casa". "¿Se puede cantar, mi sargento?". "Allá tú, si te viene un pepino del quince y medio por encima igual te manda a cantar sobre los luceros...".

Intercambios en el frente
"Esto del intercambio de prensa, tabaco o papel por azúcar o café era cosa corriente en el frente en aquellos días de la guerra. Un día, incluso llegó a concertarse un partido de fútbol entre las dos líneas. Pero el mando, que veía que aquello igual terminaba abrazándose unos a otros, enseguida prohibió aquella confraternización...". Un día un muchacho asturiano había venido a nuestras líneas a cambiar prensa y tabaco. Y le pidió al oficial que mandara una carta que traía escrita para su familia, que estaba en zona nacional. Charlando con nosotros, reconoció que tenían la guerra perdida por falta de organización. Que mandaban más los políticos que los jefes militares. "Quédate, para que vas a volver con ellos -le dijimos". Pero nos respondió "porque dí mi palabra de volver, y vuelvo".





jueves, 2 de julio de 2015

La Sierra de Guadarrama en los primeros días de la guerra civil española


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A veces la vida o la muerte es cuestión de segundos y de puro azar, según dónde te encuentres y las circunstancias a las que te enfrentes. Así eran los tiempos de la guerra civil española. A raíz de las investigaciones para la novela "La Casilla de Guadarrama", comprobé por los papeles que dejó mi abuelo sobre los primeros días de la guerra en la sierra que era una zona verdaderamente peligrosa.

Según su relato, camiones y autobuses de milicianos subían cada mañana cantando himnos para posicionarse en los diferentes frentes y defender este estratégico punto de entrada a la capital. Los nacionales o sublevados habían tomado posiciones en el Alto del León y alrededores, con tropas venidas de diferentes puntos de Castilla o Galicia. La nacional VI tenía puntos negros bastante definidos en la salida del pueblo de Guadarrama, en la recta, y en el inicio del ascenso hacia Tablada. Precisamente en este último ametrallaron la camioneta en la que subía mi abuelo con otros dos compañeros que resultaron muertos. Él se salvó milagrosamente al volcar el vehículo y caer rondado hasta el arcén. Cuando se asomó, sus compañeros yacían muertos. 

Leyendo la hemeroteca de la época, me llamó la atención una entrevista del "Camarada Juan Sande", publicada en el diario "El Sol" del 23 de noviembre de 1937, el diario del Partido Comunista. Según cuenta este oficial de marina, el 20 de julio del 36 fue al frente de Guadarrama como enlace del gobierno. La entrevista recoge cómo en este tramo de carretera "estallaban los obuses y llovían las balas con auténtica furia fascista". El militar sigue narrando cómo entonces "una ráfaga de plomo alcanzó el auto en el que viajaba el coronel Puig", el coche volcó y permaneció tres horas tumbado frente al sanatorio Hispano Americano. En esta misma entrevista Sande relata cómo los republicanos tenían un "hospital de sangre" en la vieja caseta de camineros de la curva de Tablada. Precisamente, en la casilla de Guadarrama, que da título a la novela.

martes, 30 de junio de 2015

Publicada una novela sobre las memorias inéditas de un cabo sanitario en la guerra civil española

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Enlace a la fuente original: Anisalud

Martes, 30 de Junio de 2015
Bm Contenidos
La acción arranca en Ribadeo y se desarrolla por la sierra de Guadarrama, Oporto, Venecia, Dublín y Zug
Una historia familiar a partir de unas viejas memorias escritas a máquina es un buen punto de partida para una novela en la que los misterios, los hallazgos y la intriga son el ingrediente principal. Así nace La Casilla de Guadarrama, de la fascinación por acontecimientos históricos vividos en el contexto de la guerra civil española.




Cuando tenía solo quince años, la autora escuchó narrar la guerra civil a su abuelo, que la había vivido en primera persona, en el frente, en los alrededores de Madrid. Después, la familia fue depositaria de unas memorias que César Díaz Echevarría tuvo la visión de dejar por escrito con todo detalle. No solo su historia sino la de su hermano Manolo, en los años anteriores al estallido de la contienda. Dos jóvenes de Ribadeo que se habían ido a la capital a buscarse un porvenir, y los posteriores sucesos con que culminan sus vidas. La novela toma estos acontecimientos como punto de partida, y los transcribe con asombro, “porque la guerra civil todos la hemos estudiado, pero lo que se puede leer en esas memorias no está escrito en ningún libro”, comenta la autora.
La casilla
Tras leer las memorias, la autora comenzó una investigación que le llevó a dar con el lugar concreto donde transcurren aquellos terribles sucesos. En la curva de Tablada, antes de llegar al Alto del León, había una caseta de camineros donde se montó, en los primeros días de la guerra civil, un puesto de socorro. Hay varias referencias a ella en la prensa de la época, porque era una curva muy pronunciada y con muchos accidentes, y también en una entrevista del diario El Sol, año 37, donde se cita la casilla como “Hospital de sangre” en el frente.
“Tras recorrer una y otra vez la zona con el Street View, descubrí con asombro una caseta que respondía perfectamente a la descripción. ¿Es posible que lleve en pie cien años?”, se pregunta la autora. “Estuve allí, pude tocarla y ver lo que parecían agujeros de bala, entendí el fuego cruzado en el que estaba aquel puesto, a tiro de ambos bandos, exactamente como lo contaba mi abuelo”, así describe Carmen Delia Díaz, la autora, su encuentro con aquel monumento histórico que yace abandonado en el arcén de la carretera nacional VI.
La novela está a la venta desde el 5 de junio en librerías, en Amazon y en el blog, donde además se pueden leer contenidos adicionales e intercambiar impresiones. También se ha creado una página en Facebook para pedir un centro de interpretación de la guerra civil en aquella vieja caseta y un perfil en tuiter que va publicando novedades sobre la investigación, aún por concluir, y la historia.
Blog: http://casillaguadarrama.blogspot.com.es
Facebook/CasillaGuadarrama
Tuiter: @casiguadarrama

domingo, 28 de junio de 2015

Los accidentes de tráfico en la "casilla de la muerte"

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Después de leer los trágicos acontecimientos sucedidos durante la guerra civil en la casilla de camineros de la curva de Tablada creía que la denominación de "la casilla de la muerte" se debía a éstos. Tanto a los muertos y heridos que pasaron por ella cuando era puesto de socorro, ubicada entre dos frentes: los tomillares (republicano) y el Alto del León (nacional) como al asesinato allí de diversas personas a lo largo de la guerra. 

También las crónicas sobre el fusilamiento en este punto kilométrico del presidente del Fútbol Club Barcelona Josep Sunyol, el 6 de agosto de 1936, hacen referencia a la "casilla de la muerte" y justifican el nombre en las personas allí fallecidas en los días anteriores. 

Pero lo cierto es que en la prensa de los años 20 y 30 ya se denomina a esta casilla "de la muerte", y no es por la guerra que aún no había tenido lugar, sino por la pronunciada curva en la que se encuentra. Al parecer eran constantes los accidentes contra esta edificación, al quedarse sin frenos o fallar estos a las camionetas o autobuses, los propios conductores comenzaron a llamarle así.  Por ejemplo, el Heraldo de Madrid del 25 de julio del 27, relata cómo doce personas a bordo de una camioneta se estrellan en este punto y cinco de ellas fallecen en el acto, resultando heridas de gravedad el resto de los ocupantes.

El peor día de la guerra civil española

Así lo califica mi abuelo en las memorias que dejó escritas y así se recoge en las páginas de La Casilla de Guadarrama. El día 30 de julio nuestro narrador en segunda persona estaba destacado en la caseta de camineros de la curva de Tablada, las memorias relatan una jornada calificada como “el peor día de la guerra”, desde el punto de vista de alguien que estuvo los tres años de la guerra en diversos frentes de combate. Díaz Echevarría comenta cómo en los días anteriores habían pasado por allí unos 400 heridos y muertos. Más de cien en una sola jornada bajo un intenso tiroteo desde arriba, desde el bando fascista, mientras desde el muro de la carretera, un poco más abajo, respondía el bando contrario. En ese momento los heridos atendidos en el puesto ya eran de ambos bandos, entre un ambiente de confusión total.

César Díaz tenía 21 años cuando estalló la guerra, asaltaron el cuartel de los Docks donde estaba destinado. Tras enterarse de que las tropas habían sido licenciadas, en los primeros días de la guerra civil (17-18 de julio), comienza un periplo por toda la sierra madrileña en donde es destinado primero, en el antiguo sanatorio Hispanoamericano, después pasa por el Sanatorio de Tablada y posteriormente permanece varias semanas en la denominada “Casilla de la muerte” en un improvisado puesto de socorro. 

Este militar fue ascendido a Sargento según se recoge en el D.O. del Ministerio de la Guerra del 22 de octubre del 36, por su participación en la colocación de una bandera blanca con una cruz roja en la azotea del sanatorio conocido como Hispano-americano el 24 de julio del 36, durante un intenso bombardeo aéreo, y en el que resultó herido leve.

Las referencias a lugares y personas sobre el terreno son constantes, pero lo más estremecedor del relato son la larga serie de heridos y fallecidos que por allí pasan. Por aquella vieja caseta llena de desconchones en un arcén de Guadarrama, y donde deberíamos honrar la memoria de nuestros antepasados en lugar de tirar escombro.

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lunes, 22 de junio de 2015

Entrevista publicada en La Opinión de A Coruña: Carmen Delia Díaz, autora de "La Casilla de Guadarrama"

Leer entrevista en La Opinión 
 
Carmen Delia Díaz Autora de la novela de la Guerra Civil 'La casilla de Guadarrama'

"La guerra no es como se estudia en los libros; todo es mucho más caótico"

"Escuchamos poco las historias familiares; quizás no convivimos todos tan juntos, quizás tenemos menos capacidad de escucharnos"
  21-06-2015 22:28

La autora Carmen Delia Díaz, con un ejemplar de su libro. 13fotos
La autora Carmen Delia Díaz, con un ejemplar de su libro. 13fotos
Carmen Delia Díaz (A Coruña, 1976) se decidió por la ficción para recuperar la historia de su abuelo durante la Guerra Civil. Extractos de sus memorias, una historia ficticia sobre su tío abuelo, y una investigación novelada conforman La casilla de Guadarrama, autoeditado y a la venta en casillaguadarrama.blogspot.com.es.
-¿Cómo nació la historia?
-Mi abuelo me había contado episodios de la guerra. Pero sus memorias, realmente, estuvieron en el armario hasta hace unos años, cuando mi padre las recopiló en un libro. Le pedí los escritos originales y empecé a investigar datos concretos, como la casilla de camineros donde montó un puesto de socorro. Está llena de escombros, de pintadas, pero en pie.
-¿Por qué decidió novelarlo?
-Intenté localizar a la novia de mi tío abuelo, pasé meses investigando esto, leyendo, hablando con mi padre, y me dije, o lo escribo o a lo mejor nadie lo va a hacer.
-¿Fue difícil ponerse en el papel de gente que vivió la guerra?
-La guerra no es como la estudiamos en los libros. La guerra que vive la población a pie de calle es muy diferente. Mi abuelo, en la casilla, curaba a enfermos del bando republicano y también del otro. Y a veces decía que no podía sacar la cabeza porque te podían disparar los otros o los tuyos. Todo era mucho más descontrolado y caótico de lo que estudias. Fue una ruptura total.
-¿Es necesario recuperar la memoria, entonces?
-Hoy escuchamos poco las historias familiares. Y siempre hay un tío que se fue a América, otro que se embarcó en una aventura. Quizás ya no convivimos todos tan juntos, quizás tenemos menos capacidad de escucharnos.
-También hubo quien calló.
-La Guerra Civil provocó mucho dolor, así que entiendo ese silencio. Pero creo que ya deberíamos perderlo. Hay muchísimos restos de la guerra que yacen olvidados. Guadarrama creo que es el caso más palpable, porque el Ayuntamiento ha hecho rutas y hay un montón de restos de trincheras, de búnkeres? Es una historia triste, pero que nos puede enseñar mucho. Es importante que ese espacio se recupere.
-¿Qué le ha enseñado investigar y escribir este libro?
-Mi abuelo necesitó escribir todo esto para curar sus heridas. Las heridas se curan contándolo y narrándolo. Todo esto refleja el trauma que debió superar mi abuelo. Y a mí, a nivel personal, me aporta muchísimo.
-¿Qué periodo abarca la narración de la novela?
-Cojo un primer episodio que narra mi abuelo, cuando está en un cuartel y lo asaltan entre finales de julio y primeros de agosto de 1936. Luego tiene algunos rasgos de realidad pero no sigue fielmente la historia familiar.

El Misterioso Sanatorio de Tablada (Guadarrama)

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Desde que cayeron en mis manos aquellos folios mecanografiados por mi abuelo me centré en varias localizaciones y les seguí la pista incesantemente a lo largo de la historia. Hasta hace poco creía que el Sanatorio de la Tablada que él describe, en el inicio de la subida al Puerto del León, era el que actualmente permanece en estado de abandono, fantasmagórico y a medio construir. Ése que ha protagonizado escenas de pánico en grupos de visitantes y que tantos blogs recogen con fotos y psicofonías incluidas grabadas en el interior. Pero después de leer un post en El Guadarramista y rastrear los primeros años del siglo XX en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional fui consciente de que el sanatorio era otro, fue el denominado Sanatorio Lago de Tablada. Así lo relata mi abuelo en sus memorias y allí fue donde estuvo aquel fatídico 26 de julio, cuando subiendo en una camioneta con dos compañeros hacia Tablada, los tirotearon y ambos murieron. Mi abuelo se salvó de milagro dejándose caer por un terraplén a la altura de la Fuente de la Teja.

El Sanatorio Lago Tablada estaba en el mismo lugar que el actual Sanatorio, tenía cien plazas y su construcción se autorizó en Consejo de Ministros en el año 1921. Estaba destinado al tratamiento de enfermos de tuberculosis, y era atendido por Hermanas Mercedarias, puesto que tenía zonas también para personas con pocos recursos económicos. Y fue sufragado con fondos del Ministerio de Gobernación, un total de millón y medio de pesetas de la época, y la señora viuda de Lago, que abonó el terreno y parte del edificio.

Se inauguró el 9 de diciembre de 1924, así lo recoge El Imparcial, y el resto de periódicos del momento, que destacan la presencia de los reyes y gran parte de la nobleza del momento en aquella apertura. Su director era Julio Blanco Sánchez (1888-1976). Numerosas publicaciones elogian el edificio, como La Construcción Moderna, el 30 de mayo de 1924, que publica además una ilustración recogiendo al pie el nombre de los arquitectos Salvador y Cárdenas.

El 4 de agosto de 1936 varios periódicos se hacen eco también de la evacuación que se está llevando a cabo de los enfermos debido al recrudecimiento de los bombardeos y batallas en el frente de Guadarrama.  De ahí que mi abuelo, que estuvo allí solo unos días antes, dejara constancia de que parte de los enfermos habían sido llevados a Madrid y quedaban solo allí un reducido grupo. El resto, estaba ocupado por personal sanitario de la Cruz Roja y servía de apoyo a la actividad bélica en aquel frente, que era intensa. 

El nuevo hospital es posterior a la guerra y no se llegó a utilizar porque afortunadamente se descubrió una cura para la tuberculosis. Y así quedó a medio construir, siendo pasto de buscadores de sucesos paranormales. Incluso parece que en este lugar se rodó una película de terror, School Killer, y debe ser por eso que si escudriñas cualquier foto que hagas puedes encontrar algo inquietante, como diría Iker Jiménez.


Entrevista publicada en A Mariña (El Progreso)


EMERGENTES

Delia Díaz
Autora de "La casilla de Guadarrama", una novela ambientada en parte en Ribadeo.

"Los misterios, los hallazgos y la intriga son ingredientes principales"

Texto I.G.
Foto I.G.

¿Cómo arranca su novela?
Es una historia familiar a partir de unas viejas memorias escritas a máquina. Es un buen punto de partida para una novela en la que los misterios, los hallazgos y la intriga son el ingrediente principal.

Todo ello mezclado también con otros elementos y gran presencia de la historia
"La Casilla de Guadarrama" nace de la fascinación por acontecimientos históricos vividos en el contexto de la Guerra Civil española. Ribadeo es la localidad natal de uno de los personajes centrales de la historia y está muy presente en este texto que acaba de salir a la venta.

Su trabajo para la novela comenzó a raíz de precisamente de una obra de su padre.
Fue tras leer ese texto que recoge la historia completa de César Díaz Echevarría bajo el pseudónimo de Carlos, que comencé una investigación que me llevó a dar con el lugar concreto donde transcurren estos terribles sucesos. La novela está a la venta a través del blog que lleva su nombre, donde además se pueden intercambiar impresiones. 

domingo, 21 de junio de 2015

Primer Capítulo de la novela de intriga "La Casilla de Guadarrama"

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La casilla de Guadarrama

No recuerdo si escuché primero el sonido del teléfono o el trueno que siguió al rayo. Las tormentas en Madrid siempre te pillan por sorpresa. Aunque estés a cubierto. Las malas noticias tienen la capacidad de recorrerte por dentro desde la cabeza hasta los pies, taladrándote el estómago. Pude oír la voz de mi padre, la abuela había fallecido. Con las primeras gotas de la tormenta una sombra negra recorrió de extremo a extremo el comedor de casa, pasando por la pared, los cuadros, la librería y desapareciendo a lo lejos por la ventana. En ese preciso instante, me pareció también oler esa mezcla de colonia Álvarez Gómez y laca de pelo, que me resulta tan familiar y que conservo desde niña. Lo que no sabía en ese momento era lo que iba a suceder en los próximos días.
***
Hacía un día de calor y brisa suave en Alicante. La recién renombrada Explanada de España se mostraba repleta de gente que buscaba la sombra de las palmeras. Aquel joven soldado gallego llamado César no se lo pensó dos veces. Iba junto a su amigo, cuando un obrero con una enorme escalera bloqueó el paso a dos guapas alicantinas, aprovechó la ocasión para entablar una conversación con ellas, y entre chiste y broma las invitó a un helado. Con dieciocho años una mujer de postguerra sabía bastante más de la vida que con unas cuantas décadas de hoy en día. Al margen de estereotipos, dejarse robar el corazón en una mañana de domingo por un auténtico desconocido solo formaba parte del juego al que jugamos los adultos con verdadera veneración. Enamorarse es eso, o no, y muchas otras cosas.
***
Las lágrimas brotan poco a poco cuando la vida viene a imponer su ley más antigua. Coger el bolso, meter un par de cosas en cualquier maleta y echarse a la carretera es parte del ritual de quienes nunca están donde tienen que estar. Madrid es eterno siempre en lo que a tráfico se refiere, pero aquel día me pareció especialmente infernal. Lo mismo que debas hacer tú lo habrán decidido cientos de miles de madrileños, sea lo que sea, y cuando vienes de una ciudad pequeña eso tarda un tiempo en asentarse en tu visión del mundo.
La A6 es como un bálsamo. Cuando logras alcanzar Villacastín comienzas a sentirte fuera de peligro. Después, la sequedad y simetría de las tierras castellanas –hace muchos años que entendí a Azorín– va curando muy lentamente las heridas. Los campos infinitos trabajan la paciencia, y los lejanos pueblos con su campanario y sus cigüeñas te teletransportan a una realidad en la que todo permanece siempre estable. Difícil parece estresarse en Castilla, donde el dolor se seca al aire de la meseta y los árboles parecen trazados con tiralíneas. Pedir un café en un bar castellano es para un gallego un ejercicio de valentía, cuando comprendes que no están enfadados contigo sino que son así, estás ya en un terreno mucho más cómodo.
De niña me impresionó el color rojo de la tierra de León. Poco después me enamoré de los versos de Antonio Colinas y cuando pude ver Pentavonium de cerca comprendí que los castellanos tienen pocos árboles, montañas o ríos que versar y se conforman con la belleza de cuatro cantos rodados. Pero Castilla cura, de eso no tengo ninguna duda. Quizá por eso decidí salir de la autovía en Villafranca, aparcar, y recorrer de una carrera los escasos metros que van desde el parque hasta el primer bar que encontré en el que pude tomar algo caliente. Siguiendo un cartel y una flecha encontré el mejor caldo que he probado en mi vida, en uno de esos lugares donde te pones colorado del contraste térmico entre la temperatura exterior y el calor de una estufa de leña. Apenas terminé el caldo, seguí mi camino.

La carretera a Ribadeo por Meira siempre me ha resultado fascinante. Empieza llana discurriendo entre las casas, como todas las carreteras en Galicia, y se va internando en un cañón de exclusiva naturaleza. Meira parece un pueblo en el que el tiempo se hubiera detenido para siempre, con su plaza y la iglesia, y esos supermercados pequeños pero que sorprendentemente tienen de todo. La lluvia caía intensamente cuando llegué a A Pontenova, y apenas se veían las chimeneas de la antigua fundición. Cuántas veces habré recorrido ese camino, por las antiguas vías férreas, hasta Abres. Un entorno increíblemente bello que ahora estaba gris y plomizo.
***
La mañana era clara y luminosa siempre en los veranos de mi niñez, en la casa familiar de Ribadeo. Sus cinco habitaciones rezumaban actividad cuando todos nos poníamos en marcha cada mañana, a comprar, a pasear, a la playa, o a navegar en el viejo bote de mi abuelo. Precisamente debía arreglarse él para esta faena cuando al otro lado de la puerta, mientras se afeitaba, se le oía cantar con su característica voz “La bella Lola”. Al poco salía, oliendo a esa mezcla de anís y lavanda que preparaba él mismo. Y mientras se tomaba el café seguía cantándole su canción a mi abuela mientras ella movía la cabeza como diciendo “Este hombre…”. Al abuelo le encantaba cantar y a la abuela le entusiasmaba ver aquella vieja casa repleta de nietos.
***
Fue providencial ver la última curva de la carretera, sobre la Villavieja, porque las lágrimas ya no me dejaban conducir. Al fin llegué al pueblo donde en todos los entierros llueve a dolor. Mi padre solía decir que allí “os vellos morren todos no inverno”, mi abuela se reía pero a ella, una apasionada del verano, las flores y la luz –como buena valenciana– también tenía que pasarle así.
-       Menos mal que has llegado, con la que está cayendo.
Apenas pude ponerme a saludar fui recorriendo con la mirada a esos heterogéneos grupos familiares donde uno hace de tripas corazón, otra apaga su dolor entre los fogones o preparando camas, otros desaparecen… Yo siempre he sido de las que me arrimo al calor familiar, que es muy reconfortante.
Enseguida sobrevino la noche y la casa se apagó, para respetar el descanso del entierro la mañana siguiente. Soy bastante noctámbula así que busqué aquel viejo álbum de fotografías de tapas blancas, amarilleadas por el paso del tiempo. Los bisabuelos siempre tienen esa mezcla de cara de susto y ojos bondadosos en las fotos antiguas. Desde luego que debe asustar casarte a los 18 y con lo puesto, y que empiecen a venir niños y que además vivas en un ambiente de preguerra.
***
Era otoño en el camino de O Xardín. Una alfombra de hojas cubría el sendero hasta el pueblo. Manolo y César corrían saltando los charcos con sus zuecas de madera. Las horas del día no llegaban cuando con doce y catorce años tenías que salir a ganarte unas monedas para llevar a casa. César se dirigía a la botica en la que ayudaba y aprendía a preparar ungüentos, repartía las medicaciones que le indicaba el farmacéutico y hacía recados. Manolo a la imprenta donde se tiraba un pequeño periódico local que él debía repartir puerta por puerta. Llegaban tarde de nuevo pero, como por costumbre, se detuvieron ante aquel caserón indiano de contraventanas color azul clarito.
-          Qué haces Manolo, te va a reñir don Evaristo, sabes que no le gusta que el reparto se retrase, le vas a fastidiar la partida de dominó como siempre.
-          Cesarín, ven aquí conmigo.
-          Sí hombre, poco te conozco yo.
-          Ven –le pasó la mano por los hombros– ¿ves esa casa?
-          ¿La de los Queiruga? Claro, la tengo delante…
-          Pues algún día, será mía. Y te invitaré a comer un buen cocido en el comedor del jardín.
César miró a su hermano mayor con una mezcla de orgullo y benevolencia. Tenía la cabeza llena de pájaros. Le metió un buen empujón e iniciaron una carrera separándose al llegar a la altura de la capilla de San Roque.
***
Pasé las páginas de aquel álbum con media sonrisa esbozada. Mi abuela parecía Ava Gardner sobre la proa de la lancha con esa pañoleta de lunares cubriéndole la cabeza. Me sobresalté cuando el reloj de cuco de la pared del salón dio las cuatro. Miré hacia la puerta y volví a ver la sombra. Pasó lentamente desde la pared a mi lado y desapareció escaleras arriba. Contuve la respiración y miré hacia el armario abierto. Me levanté, lo cerré, y volví a tomar el álbum. De pequeña me asustaban los armarios abiertos, así que decidí dejarlo abierto cada noche para acostumbrarme. Pero con los años volví a cerrarlo por cuestiones de orden.
Cuando volví la vista a las viejas fotografías me fijé en una foto del abuelo de pequeño. Estaba con sus hermanos Manolo y Quica, tres años menor que él. Posaban un día de fiesta, pues iban vestidos de “domingo” ante una casona indiana, de esas que abundan tanto en la Mariña Lucense y que personalmente siempre me han fascinado. La casa era de tres plantas y tenía un pequeño mirador arriba, como saliendo del tejado, rematado en pico. Sus paredes eran blancas y tenía unas contras de color azul clarito. Las puertas estaban abiertas y en ese momento salían varios niños de la casa, con un aro y una muñeca. “Vaya contraste”, pensé.
-          ¿Dónde encontraste esa foto?
Escuché a mi lado la voz de mi padre que se había levantado a por un vaso de agua y de nuevo me sobresalté.
-          Qué susto, papá. Estaba aquí en el álbum familiar del abuelo.
-          No recuerdo haberla visto nunca. ¿Seguro que estaba aquí?
-          Sí, claro. ¿Dónde sino? Y además está bien pegada…
-          Alguno de tus hermanos debe haber estado revolviendo por aquí.
-          Es la casa de la entrada del pueblo, ¿no?
-          Sí, la de los Queiruga. Ahora está abandonada pero mira, en la foto, qué bonita estaba.
-          Me encanta el mirador. Y me encantaría verla por dentro.
-          De niño entré varias veces. En mi clase estudiaba un sobrino de ellos que estuvo viviendo aquí, sus padres tenían una casa en la montaña, y habían estado muchos años en América con el resto de la familia. Hicieron fortuna allí.
-          Deben de tener unos desvanes increíbles –no sé si lo pensé o llegué a decirlo en alto…
Siempre me fascinaron las casas antiguas, con grandes trasteros, donde seguramente se podrían encontrar tesoros sorprendentes. Supongo que son las consecuencias de haber crecido devorando libros de Enid Blyton, especialmente la saga de los Cinco, o la colección entera de Los Hollister, de Andrew E. Svenson. En Galicia abundan las casas abandonadas en zonas rurales, supongo que sus herederos tienden a despreciar todo lo que hay allí. Siempre me entra sensación de desasosiego al ver objetos cotidianos que seguramente alguien guardó como un tesoro tirados entre los escombros. Fotos, papeles, pedazos de la historia familiar que acaban en un contenedor de basura porque, simplemente, en los reducidos metros cuadrados con que contamos en los pisos y apartamentos, es imposible conservarlo todo.
La mañana amaneció fría y gris. La humedad de Ribadeo hace que el viento te deje tiesa si no llevas un buen abrigo, así que me puse mi viejo plumífero de los viajes y salí hacia el pueblo. En casa había demasiado barullo. De camino a la calle San Roque me detuve casi sin pensarlo frente a la casona de los Queiruga. Las oxidadas puertas del jardín estaban abiertas de par en par y había huellas de coche sobre la hierba. Sin embargo la casa estaba cerrada a cal y canto, y uno de los laterales completamente lleno de hiedra. En el jardín, el viejo cenador de forja aún estaba en pie. Curioso después de tantos inviernos de temporal y lluvia. “Estos indianos son la leche” pensé “como si aquí en Ribadeo fuera posible cenar a la luz de las velas sin quedarte helado, incluso en el mes de agosto”. Casi estaba retomando el paso cuando me fijé en una ventana del piso superior y me pareció ver a alguien, al momento, la cortina se movió y la figura –si es que llegué a verla– desapareció.
Seguí caminando entre los charcos y observé cómo el pueblo aparecía desierto a esas horas de la mañana. A las primeras personas me las crucé a la altura de las cuatro calles, tampoco demasiadas, y al doblar hacia la iglesia y llegar a la puerta de la cafetería Linares ya se notaba más bullicio. Como de costumbre, el local estaba lleno aunque fuera reinaba el más completo de los silencios. Pedí un cartucho de churros y un envase portátil con chocolate. Pagué y me fui con aquel “tesoro” calentándome las manos. No es que estuviéramos para celebrar nada pero cuando tienes un disgusto a veces hay que rehacerse al calor familiar, y qué mejor que un desayuno energético para dar el último adiós a la mejor abuelita del mundo. 




1.       EL HALLAZGO
Eran las cinco de la tarde cuando –siguiendo la tradición– llovía con furia sobre el pequeño grupo de familiares y amigos que acompañábamos a mi abuela caminando, como se hace en los pueblos, desde la iglesia parroquial hasta el cementerio. Recordé que también llovía a cántaros en los cuatro o cinco últimos entierros. La vida sigue doliendo mientras los buenos se van y nos quedamos los mediocres, o a los que aún nos queda un rato que aprender. Esas palabras y esas oraciones que reza el sacerdote sobre el cadáver se te graban a fuego y te torturan con mil recuerdos maravillosos, cuando te toca de cerca. Y aquí nos tocaba a todos a dolor.
El resto del día fue triste y con esa sensación de no saber qué hacer porque nada te parece suficientemente importante como para quebrar ese duelo. La familia se fue dispersando dejando esa sensación agridulce, a algunos nunca los ves y siempre que lo haces es para enterrar a alguien y por lo general con poco tiempo. Así que por una de esas casualidades de la vida y por ser demasiado tarde para volver a Madrid me quedé en la casa de mis sueños, aquella que había colmado mi infancia de felicidad, yo sola.
Así se hubieron marchado los últimos, me dediqué a vagar por la casa buscando una ocupación indefinida. Saqué unas sábanas, estornudé un rato largo debido a mi dichosa alergia a los ácaros, me tomé un antihistamínico y puse la tele. Tanto silencio me estaba pesando, y a cada momento me parecía oír la voz de la abuela o a mi abuelo cantándole cada vez que ella andaba cerca. Ya no lo sé. Siempre he pensado que cuando mueres te vas a algún recóndito lugar con tus seres queridos, y los abuelitos llevaban casi veinte años separados pues mi abuelo había fallecido repentinamente en el año 93.
Rebuscando entre las cosas de la abuela encontré una cajita con una llave. La probé en todas las cerraduras que se me fueron ocurriendo, armarios, muebles, hasta una vieja caja de música, pero no hubo suerte. Me la metí en un bolsillo y bajé al comedor. Volví a estremecerme cuando el reloj dio las nueve así que me subí a una silla y paré el péndulo del dichoso reloj. Ya solo me faltaba estar toda la noche escuchándolo dar las campanadas cada hora.
De repente me di cuenta de que no había absolutamente nada que cenar en casa, así que busqué desesperadamente el teléfono del Pizzbur, empezaba a tener bastantes ganas de una de sus famosas pizzas de huevos rotos, si no las habéis probado os las recomiendo. Al fin encontré un folleto guardado en el cajón de las guías telefónicas, algo que ya no se usa pero que mi abuela guardaba cada año con particular devoción.
Junto al teléfono encontré otra cajita de madera en la que probé la llave, pero nada.
Empezaba a hacer bastante frío, mi padre había dejado “desconectadísimas” todas las estufas de la casa en su particular ronda de despedida. Suele hacerlo, quede alguien en casa o no, o por si acaso. Así que busqué la vieja estufa de butano, esa que da una llamarada de infarto al encenderse y puede quemarte las cejas si no te apartas como un metro. No arrancaba así que moví la bombona como le había visto hacer a mi madre, con una falta de respeto absoluto por el gas butano, cosa que nos había causado ya algún pequeño susto familiar. No pesaba mucho así que salí al patio jurando en arameo y busqué desesperadamente otra bombona, mientras lo hacía, la voz de mi abuela sonaba en mi cerebro alta y clara “Nenes, cuando se acaba una bombona hay que pedir otra…” Y tanto, en la casa de tócame Roque no había otra bombona llena sino un par de ellas vacías. En mi desesperada búsqueda por el chabolo me topé con el viejo baúl del abuelo.
Mi abuelo era militar y como familia de militares la infancia de mi padre y mi tía había transcurrido de pueblo en pueblo, y de ciudad en ciudad. En aquellos tiempos no se habían inventado las maletas normales y corrientes y viajaban cargados con pesadísimos baúles. Eso o algo así pensaba yo de niña cuando veía en cada esquina de la casa un enorme baúl de madera que ya de por sí pesaba un quintal. Las mudanzas debían de ser la pera en la España de los 50 y 60. De repente recordé la llave y en ese momento oí el timbre de la puerta sonar con furia. Quizá desde allí no lo había oído así que salí corriendo hacia la entrada.
-          Un momento –grité.
Al parecer mi padre también había cerrado con todos los pestillos posibles la puerta así que corrí por mi bolso y después de sacar cuatro juegos de llaves salió el último, el de la casa de la abuela. Cuando conseguí abrir la cara del repartidor de la pizzería ya era no era tan amigable, así que le sonreí para contrarrestar y le dije que se quedara con el cambio. No suelo hacerlo, pero en la mayoría de las novelas y películas lo hacen, así que me animé.
Mmmm, aquello olía de maravilla así que corté un trozo y volví al trastero a examinar aquel baúl. Pensaba que sólo contenía el traje militar del abuelo, y algunos recuerdos, no creía que la abuela pudiera guardar la llave con tanto empeño. El baúl estaba claramente abierto y la llave no encajaba así que mi gozo en un pozo. Empecé a revolver, y a estornudar. Corrí a por mi inseparable paquete de clínex y volví con una bufanda atada a la nariz y la boca, el único modo posible para una alérgica como yo de rebuscar entre cosas llenas de polvo.
Efectivamente el uniforme militar del abuelo, el sable, las botas y algunas medallas viejas, ganadas posiblemente con gran tesón, estaban por allí. Oí sonar el móvil y corrí de nuevo hacia la cocina.
-          Hola papá. ¿ya habéis llegado?
-          Hace un rato, había niebla en Mondoñedo y tuvimos que abandonar la autovía para ir por la nacional. Mañana cuando salgas ten cuidado. Ya sabes dónde tienes que desviarte, ¿no?
Antes de que volviera a explicarme con precisión la ruta que debía seguir le recordé que pensaba ir por Meira, más directa y más tranquila.
-          Ah bueno, es verdad, que tú siempre vas por el otro lado. ¿Te has comprado algo para cenar?
-          Sí, he pedido una pizza. Por aquí no había nada que echarse a la boca.
-          Bueno, por la noche cierra bien todas las puertas…
-          Sí papá. No te preocupes. Oye sabes que la abuela tenía una llave en el cajón de la mesilla y no encuentro de qué es.
-          Sabe Dios. Ya sabes que le encantaba guardarlo todo y luego se fueron tirando cosas…
-          Estaba mirando en el baúl del abuelo, pero también estaba abierto.
-          Ahí no hay más que polvo. Te vas a poner fatal de la alergia…
-          Ya.
-          Bueno, pues mañana hablamos.
-          Sí, os llamo al llegar a Madrid.
-          Venga, chao.
Mi padre tenía una técnica muy depurada para acabar siempre las conversaciones abruptamente, así que no intenté indagar más sobre el tema del baúl.
Cogí otro trozo de pizza y volví al chabolo, había empezado a llover. Al levantar la segunda capa de cosas encontré una caja metálica bastante grande. La levanté y miré la cerradura. La llave encajaba así que volví a la cocina. Al poco de entrar se oyó un trueno y, como también era habitual en el pueblo, la luz tembló. Temí quedarme a oscuras así que busqué una vela. Revolví todos los cajones del comedor, luego los del salón y nada. Al final eché mano a un quinqué decorativo, con una especie de vela aromática y cogí las cerillas de la cocina. Abrí la caja, después de pelear un rato con la cerradura, y me sorprendió ver dentro un montón de folios escritos a máquina, la inconfundible Olivetti de mi abuelo. Como tenía tan mal pulso, se había habituado a escribir todo con aquella máquina que llevaba de aquí para allá entre sus pertenencias. Los saqué. Estaban unidos por unas grapas y algunos se veían bastante deteriorados por la humedad.
Tuve el impulso de volver a llamar a mi padre para hacer alguna pregunta sobre el asunto, pero algo dentro de mí me hizo decidirme por empezar directamente a curiosear. Luego ya preguntaría.
Volvió a sonar el móvil. “Mamá”. Posiblemente a mi madre le faltaba información tras la llamada de mi padre o bien había quedado alguna cuestión sin matizar como “tómate algo caliente” o “abrígate bien por la noche”. Las madres no pueden escapar de la idea de que son madres al fin y al cabo.
-          Hola mami.
-          ¿Qué tal te has quedado ahí tu solita?
-          Bien, no te preocupes.
-          ¿Tenías algo para cenar?
-          No pero ya me pedí algo por teléfono, y mañana desayunaré en algún lado y ya salgo.
-          Bueno, ¿estás bien?
-          Sí mami. Te dejo que me quiero acostar pronto.
Era el único modo del colgarle el teléfono a una madre y me picaba la curiosidad con los dichosos folios escritos.
Cogí otro trozo de pizza y una servilleta para no manchar todo aquello. Había logrado encontrar una coca-cola sin caducar así que también tuve cuidado con el vaso, suelo llevar la fama de patosa y con razón. Comencé a leer…
Madrid
Debido a mi trabajo desde la juventud como mancebo en una farmacia del pueblo, cuando llegué para realizar mi servicio militar en Madrid fui asignado inmediatamente al cuerpo de Sanidad. Sabía poner inyecciones, hacer píldoras y pomadas y reconocer algunos preparados por el olor, lo cual en el ejército te capacitaba automáticamente para curar enfermos o ayudar a hacerlo.
Madrid era un hervidero social y político en aquellos años previos a la guerra por lo que seguía los consejos de mi hermano Manolo y trataba de que el día transcurriera sin meterme en líos.
Vivía en el cuartel de los Docks, entre las calles Pacífico y Comercio, y hacia la tarde, en el rato que tenía libre solía acercarme a la imprenta donde trabajaba Manolo a echarle una mano con el trabajo.
Comencé a leer con voracidad aquellas páginas amarillentas y de repente pasaban ante mis ojos escenas en blanco y negro, de dos hermanos jovencísimos sacándose las castañas del fuego en el polvorín que era aquella capital en los años 1934, 35 y 36. En aquella época donde no había paraguas familiar, y de padres labradores debían salir hijos hechos y derechos que frecuentemente dejaban el pueblo natal buscando un futuro. Así lo había hecho Manolo, el hermano del abuelo. Me estremecí al mirar para la pared del comedor y ver su viejo retrato, que mi abuelo había querido tener siempre allí y mi abuela había respetado en todas sus reorganizaciones domésticas. Poco más allá, sobre un viejo aparador, las fotos de todos los nietos, bodas, bautizos y comuniones y la pequeña foto de boda de mis abuelos. Dos jovencísimos audaces mirándose con pasión, que se casaron con lo puesto en un día de verano de la triste postguerra española.